“(…) Me encanta la lógica de los sueños; sencillamente me gusta cómo funcionan. Pero rara vez he obtenido alguna idea de ellos. Sin embargo, con esta película… Un día estaba en una oficina y se suponía que debía entrar y reunirme con alguien. De pronto, recordé un sueño que había tenido la noche anterior. Ahí estaba. El sueño contenía tres pequeños elementos que solventaban todos los problemas del guion de la película. Es la única vez que me ha pasado. (…) A veces tienen lugar accidentes felices. Puede incluso que sean las últimas piezas del rompecabezas que consiguen que el conjunto encaje. Y te sientes muy agradecido. Durante TERCIOPELO AZULocurrió que estábamos grabando una escena en el apartamento de Ben, el personaje interpretado por Dean Stockwell. En un momento determinado, Dean debía cantar ‘In Dreams’ de Roy Orbison. Iba a imitar el movimiento de los labios cantándosela a Dennis Hopper. Según el guion debía coger una lamparilla de una mesa y usarla de micrófono. Pero justo delante de él había una lámpara de trabajo, aunque Patricia Norris, la diseñadora de producción, asegura que ella no la había puesto allí. La lámpara tenía un cable largo y la bombilla quedaba oculta al espectador pero iluminaba el rostro de Dennis. Y Dean la agarró. Pensó que la habíamos puesto allí para él. Pasan muchas cosas así (…). Sé que hay mucha gente que no llega a comprender por qué ocurre el asesinato, pero todas las pistas para ello están en la película. Siempre me ha interesado mucho esa tensión de lo que está debajo de la superficie, esa tensión que crea el thriller (…). Hay un fetichismo explícito que recorre la historia, una especie de obsesión fetichista. Los personajes principales están conducidos, son conducidos desesperadamente hacia una dirección concreta, es una obsesión. En este sentido, la escena en la que Dennis Hopper le dice a Kyle McLachlan que ambos son iguales, da la clave del sentido del film, los dos, aunque opuestos, padecen las mismas obsesiones (…). En la secuencia inicial, hay un travelling muy inquietante, casi microscópico, a través de la hierba: esa escena es toda la película (…)”.
David Lynch
(…) 40 años después de su estreno, TERCIOPELO AZUL sigue siendo una de las películas que más literatura cinematográfica han ocasionado. Desde el mismo momento de su estreno, su singularidad, su extrañeza, su “ambigüedad”, su supuesto simbolismo, su juego con diferentes temas y géneros y su trabajo visual, han dado pie a todo tipo de interpretaciones o acercamientos. Desde la crítica cinematográfica del momento, en la que se imponía la inmediatez, pasando por la crítica posterior, con el apoyo de la perspectiva temporal para el análisis, hasta los acercamientos desde los llamados “estudios culturales”, que han analizado la cuarta película de Lynch desde todas las posturas existentes, en ocasiones rizando el rizo de manera excesiva y casi ridícula, han dado habida cuenta de ello. Por ejemplo, al poco tiempo de su estreno fue considerada como una película fantástica, categorización que muchos no compartieron, sobre todo porque tienen en cuenta, cómo no, la categorización genérica desde un punto de vista simplemente argumental y no tanto formal –puesta en escena-; tampoco ayudó el aspecto retro de la película, ni el juego de Lynch con el melodrama -básico en gran parte de su cine-, el thriller, el drama familiar, el cine de adolescentes… Porque TERCIOPELO AZUL es un compendio de ideas, temas y géneros pasados por la mente de un creador que, en su cuarto largo, mostró una desbordante madurez creativa que dio como resultado una película que, en efecto, ha propiciado todo tipo de acercamientos, mostrando su riqueza (…).
“¡Qué mundo éste tan extraño!”. La película no está resumida en esa frase pero sí clarifica su principal intención: exteriorizar la perplejidad ante el descubrimiento de la extrañeza de un mundo que, aparentemente, no encierra ningún misterio. (…) En la primera secuencia del film, Lynch insinúa la afloración de anormalidades en el marco de una apacible población norteamericana: después del plano de unas rosas, inserta varios planos fijos de escenas cotidianas en la vida de la ciudad, que concluyen con un pequeño accidente en un jardín… una panorámica a ras del suelo del jardín muestra en primerísimo plano unos insectos. El retrato cotidiano, voluntariamente parsimonioso, se quiebra de repente; acercando la cámara a las personas y a las cosas pueden descubrirse monstruosidades…, como cuando, a continuación, el protagonista se encuentra una oreja humana cortada, y llena de hormigas. TERCIOPELO AZUL se erige, sin ningún tipo de cortapisas, en un auténtico viaje a las tinieblas, donde los sueños más recónditos del protagonista del film, Jeffrey Beaumont (Kyle MacLachlan) (…) anticipan que lo extraño, lo morboso y lo monstruoso –entendido como deformación moral- aparecerán en primer término con solo rascar un poco en la corteza de la vida cotidiana, al modo de algunos cuentos de Faulkner y de Raymond Carver (…).
(…) Lynch ha hecho una combinación, tan arriesgada como inteligente, de tres esquemas de géneros: el de la nueva película norteamericana con adolescentes, el del thriller y el del fantástico. Pero lo más interesante de la película no está en la astuta distorsión de los ingredientes sino en el extraño sabor del combinado. (…) En TERCIOPELO AZUL visualmente el autor se arriesgó a presentar por primera vez una obra cuyas imágenes se parecían a las de cualquier película americana. (…) Es la película que más ha contribuido a cimentar la irritante fama de “morboso” acarreada por Lynch. Emmanuel Kant afirmaba que el arte puede tratar cualquier asunto, y promover cualquier sentimiento, independientemente de su moralidad y el horror que pueda despertar. A la sensación de inseguridad alcanzada por el contraste entre la ciudad, Lumberton, diurna, y su Némesis, Lumberton nocturna, hay que añadir la punzante crudeza descriptiva de ambientes, personajes y situaciones, que conforman la oscuridad. Los mejores instantes de la obra son, precisamente, los que transcurren en esa zona de sombras, especialmente, en el apartamento de Dorothy Valens (Isabella Rossellini). (…)
(…) TERCIOPELO AZUL homenajea visiblemente al pintor Edward Hooper. En el film, al igual que en su obra, hay siempre un sujeto mirando que, lejos de limitarse a registrar lo dado, ha de crearlo, seleccionando, descubriendo la capacidad del ojo para figurar, para construir. (…) La película indaga con singular lucidez en la pavorosa dualidad moral del ser humano, y su predisposición a dejarse tentar por los indudables atractivos del Mal. El Bien y el Mal, a primera vista, parecen fáciles de diferenciar; nada más falaz, ambos se encuentran unidos por lazos inescrutables y tortuosos. Rezumando una notable ambigüedad, el film establece una suerte de dialéctica existencial entre la Luz y las Tinieblas, desechando posiciones moralistas, e incluso, dudosos simbolismos. (…) Lynch da rienda suelta, con una visceralidad y contingencia no vistas desde Cabeza borradora, a todo el arsenal de obsesiones personales que forman su universo cinematográfico. Su atracción por lo subterráneo; su predilección por atmósferas malsanas y enfermizas; su inclinación hacia personalidades perversas, poseedoras de una monstruosidad interiorizada pero manifiesta en sus actos y en determinados detalles periféricos resulta especialmente atractivo (…). Su combinación de referencias a las pinturas de Norman Rockwell o Hopper, en feliz y casi imposible comunión, crean un paisaje, tanto en exteriores como en interiores, inquietante, lúgubre. Una realidad que nace de una irrealidad y, a su vez, conduce a ese sentido onírico, pesadillesco, que conlleva que pueda verse TERCIOPELO AZUL como el sueño de Jeffrey, quien harto de una vida y unos padres anodinos, sueña (crea en su mente) un posible mundo paralelo habitado por dos padres, más peligrosos, pero francamente más interesantes que los suyos. (…)
(…) Pero lo que convierte TERCIOPELO AZUL en una de las mejores películas de la década de los ochenta, es su extraordinaria puesta en escena. Todo a lo que hemos hecho alusión anteriormente no tendría la menor lógica si no estuviera apoyado por la manera de construir y contar la historia, por su ejemplar combinación de imagen y sonido -música y sonido nunca se anulan, siempre se complementan-. (…). David Lynch utiliza con frecuencia en la película un método de trabajo que le da muy buenos resultados: componer una secuencia en función tanto de la narración directa como de la sugerencia del acecho de lo insólito -travelling por las ramas de los árboles, sin que los personajes miren hacia éstos; los movimientos de las cortinas en el apartamento de Dorothy-. También el off visual, destinado a sembrar la inquietud en el espectador. Parte de su densidad dramática es determinada en profundidad por el color y la excelente iluminación de Frederick Elmes, aquí más expresionista que nunca. El scope permite unas composiciones con ritmos y proporciones muy estudiadas para los planos generales, los planos donde hay más de tres o cuatro actores en campo, y el primerísimo primer plano, transformado en violento inserto (…).
(…) TERCIOPELO AZUL no es una obra maestra pero se parece mucho a ello, elaborada con un sinfín de innegables aciertos y unos pocos excesos. (…) Irregularidad, exceso y el juego con distintas intensidades… nada de eso molesta demasiado: son elementos asumidos por David Lynch en esta lucha de la inteligencia contra el estereotipo. (…) Es realmente el punto de arranque de lo que estaba por venir. En cierto sentido, es posible que así fuera porque Lynch tuvo un control absoluto sobre el material, teniendo eso tan querido como el final cut:“el productor me ofreció un pacto muy sencillo: rebajarme el sueldo y rebajar el presupuesto de la película a cambio de poder tener yo un control artístico absoluto sobre la misma. Es una buena solución…” (…).
Texto (extractos):
David Lynch, Catching the big fish, Bodkind, 2006
(Atrapa el pez dorado, Reservoir Books, 2022)
José Mª Latorre, “Terciopelo azul: una pesadilla con música de fondo”,
en Crítica Estrenos, Dirigido, noviembre 1986.
Quim Casas & Carlos Aguilar, Entrevista a David Lynch, Dirigido, noviembre 1986.
Antonio José Navarro, “Terciopelo azul: el corazón de las tinieblas”,
en dossier “David Lynch: la irresistible atracción del abismo”,
Dirigido, diciembre 1990.
Israel Paredes Badía, “Terciopelo azul: la ‘blue’ América”,
en dossier “David Lynch, mundos extraños”, Dirigido, febrero 2016.