(…) Es en este film, mucho más que en Satyricón y Casanova, donde el cineasta intenta sintetizar, unificándolo, su punto de vista sobre la feminidad. Lo busca pero no lo consigue nunca completamente, ya sea porque el film que le salió es demasiado programático ideológicamente para vivir en la pantalla de un modo convincente, o bien porque, como bien sabe el mismo Fellini, es imposible dar a los sueños, aunque se quiera, un orden o una estructura orgánica, racional o artística. Snaporaz, que viaja en el tren de la vida y se despierta con el perfume de una floreciente mujer a la que sigue primero a los lavabos y después por los prados y bosques de un paisaje misterioso hasta el infernal alboroto del “Grand Hotel Miramare”, donde se celebra un gigantesco congreso internacional de feministas, y a la villa-fortaleza del doctor Sante Katzone, en la que el dueño de la casa festeja su conquista erótica número diez mil en su carrera de libertino. Snaporaz, seguido por una nube de feministas enfurecidas, es salvado por una joven “soubrette” con patines de ruedas. Snaporaz, que se precipita al infierno en un tobogán (como Orson Welles en la pesadilla final de La dama de Shanghai) es devuelto a la luz por una mujerona en motocicleta, que intenta violentarlo en pleno campo. Snaporaz, todavía, que visita la grotesca galería del ex compañero de escuela Katzone, semejante al mausoleo de un cementerio, huye hacia los recuerdos del sexo femenino espiado en las playas de Rímini o desvelado en los prostíbulos romanos, es procesado por las feministas y condenado a ir en busca de la mujer ideal. Snaporaz, en fin, que sube a bordo de un globo de formas de mujer, es abatido a ráfagas de metralleta por la salvadora “soubrette”, para despertarse en el compartimento del inicio, sentado de frente a su esposa, mientras el tren penetra en un oscuro túnel (…). LA CIUDAD DE LAS MUJERES puede leerse como una personal aproximación a la cuestión de la lucha de géneros. Pese a estar realizada en 1980 muchas de sus imágenes parecen desde luego referirse a comentados hechos actuales. Así, cuadros como los que ilustran la cacería de las mujeres del personaje interpretado por Mastroianni, Snaporaz, resultan vaticinios alegóricos y críticos de determinados e injustos sucesos acontecidos en los últimos tiempos. Fellini observa la cuestión e ilustra desde el profundo escepticismo desencantado, colocándose además en el corazón del relato con su doble y adjudicándose responsabilidad. Las dos partes situadas en el tablero del enigmático territorio de las féminas parecen dirigirse irremediablemente hacia la destrucción. Todas las demás posibilidades ya están anuladas en un marco fantasioso y extraño. El acercamiento al tema propicia además la apropiación de varias imágenes célebres de la Historia del Cine. Así, la persecución de Snaporaz en el hotel resulta una clara reinterpretación de la celebrada huida de Buster Keaton del centenar de novias en Siete ocasiones (1925). Empero, reducir LA CIUDAD DE LAS MUJERES a un tratado sobre la lucha de géneros, por mucho que presente significativas láminas y además adivine, es un error. La película supone un paso más en el viaje hacia el fin del mundo emprendido por el cineasta tras regresar, una vez más, a los parajes de la infancia en Rímini en Amarcord. Se trata fundamentalmente de una idiosincrásica pesadilla felliniana. Una pesimista prolongación de los malos sueños detallados en piezas previas, como Giulietta de los espíritus o la magistral Toby Dammit. Como el mediometraje inspirado en un cuento de Poe, (…) LA CIUDAD DE LAS MUJERES comienza con un viaje. A finales de los sesenta el personaje encarnado por Terence Stamp arriba en avión a una Cinecittá fantasmal. Doce años más tarde Snaporaz viaja en tren sin rumbo fijo. Mientras duerme, vigilado por una desconocida, que quizá no existe, el convoy entra en un túnel y cruza a otra dimensión, a un espacio singular y tenebroso levantado sobre los estudios romanos. Desde el primer plano de la película el avejentado galán se encuentra atrapado en un cosmos que tal vez supone un reflejo inverso pero sobre todo una representación de angustias y soledades. El mal sueño de Snaporaz consiste en un paulatino aniquilamiento de su imagen. Convertido en una patética y decadente figura-símbolo, el “tenorio” es primero ridiculizado, recordemos por ejemplo el frustrado encuentro sexual en uno de los aseos del tren, y luego “desmembrado”. Así, la narración, suerte de segundo volumen, tomo compendio de la filmografía en realidad, recupera y desarrolla notas y conclusiones de Casanova. Las dos películas hablan del comienzo del fin -¿de la civilización occidental apergaminada o del mundo del artista italiano?- a partir de la violenta desaparición de la figura del seductor de celuloide en unos escenarios montados con utilería rota del pasado y visiones del futuro (…).
Texto (extractos):
Aldo Viganò, “La mujer en el cine de Fellini”, rev. Dirigido, mayo 2009
Ramón Alfonso, “La ciudad de las mujeres”, rev. Dirigido, octubre 2019