(…) En la Inglaterra victoriana, la “contemplación de monstruos de feria” era una forma admitida de distracción: por dos peniques podía contemplarse a placer un enano megalocéfalo, la mujer barbuda, o un par de siameses. En 1884, el dr. Frederick Treves (posteriormente elevado al rango nobiliario de Sir), cirujano y profesor de anatomía del Hospital de Londres, pagó todo un chelín para una sesión privada con lo que un cartel llamativamente pintado en el exterior de un comercio vacante de ultramarinos alegaba ser una terrorífica criatura llamada “el Hombre Elefante”: “A tenor del abigarrado cartel de la calle, imaginaba al ‘Hombre Elefante’ de talla gigantesca. Empero, era un hombre de corta estatura, inferior a la media, y de aspecto todavía más breve por la curvatura de su espalda. La característica más notable de su persona era su descomunal y monstruosa cabeza”. Con motivo de una conferencia, Treves dispuso que el “Hombre Elefante” -John Merrick, natural de Leicester, de 21 años de edad- se presentara en la Facultad de Medicina adjunta al hospital. En realidad, Treves pensaba que Merrick sufría un retraso mental. Treves acabaría por descubrir que “poseía una aguda sensibilidad y –lo peor de todo- una imaginación romántica”. La enfermedad que padecía, una neurofibromatosis múltiple, había dejado indemne su cerebro; tenía un deseo normal de amar y ser amado: “no soy un animal…soy un hombre”.
EL HOMBRE ELEFANTE supone la irrupción del cine de Lynch a una producción normalizada. Conseguirá, en ésta y ulteriores obras, un mayor y más perfecto ensamblaje interno del conjunto del relato equilibrando su capacidad de abstracción y el contenido narrativo. (…) Se podría deducir que el cineasta renunció a sus planteamientos estéticos y viscerales para su segunda película, que se plegó a un proyecto ajeno. Es más, hoy día se ve EL HOMBRE ELEFANTE como una de sus dos películas “normales”, junto a Una historia verdadera (1999) y por lo tanto, se suele deducir, poco propias de Lynch, que solo sería él como autor cuando su obra es anormal, críptica, laberíntica, chocante. Hay quien no acepta a Lynch pero adora esas dos películas, y quien las deja a un lado, no por fallidas, sino como supuestamente pertenecientes a otro universo que no sería el genuinamente lynchiano. (…) En su momento EL HOMBRE ELEFANTE ya definió muchos de los rasgos básicos del estilo de David Lynch, ya apareció como una propuesta insólita en el cine mainstream. Al fin y al cabo, ese ha sido siempre el principio lynchiano, introducir un elemento de extrañeza en lo aparentemente apacible y armonioso.
(…) El caso real de Joseph Carey Merrick (aunque habitualmente llamado John), que vivió (durante poco más de 27 años) en el Londres victoriano de finales del siglo XIX, afectado por una enfermedad que no se concretó hasta muchos años después de su muerte como ‘síndrome de Proteus’, fue tomado por Lynch con gran fidelidad, empezando por la reproducción a través de un complejo proceso de maquillaje de las deformidades que afectaban a todo el cuerpo (en un irreconocible John Hurt), y especialmente en la cadera, en el brazo derecho y la cabeza de Merrick, que le provocaban problemas para andar, de respiración y de habla, además de verse abocado a la utilización como monstruo de feria en exhibición (…). Lynch acude al carácter mítico de la denominación popular de Merrick, mezcla de leyenda, burla y temor: “elefantiasis” es el nombre de una de las enfermedades que se creyó que padecía Merrick, y él mismo contaba que su problema se debía a que su madre, cuando estaba embarazada de él, fue golpeada por un elefante durante una exhibición callejera (…).
(…) EL HOMBRE ELEFANTE es, antes que nada, y debido a lo cual se enmarca dentro del fantastique, una ajustada reflexión acerca de la monstruosidad; escenifica el drama de la crueldad y el sufrimiento. El protagonista, víctima inocente de una monstruosidad inmerecida y aberrante, se verá acosado, hasta el fin de sus días, por la mezquina ambición de sus semejantes. (…) Lynch describe la transformación del monstruo en humano, mientras los humanos que habitan la normalidad muestran su perversión (…). Lejos de ser constitutiva de horror visceral, Lynch traza el dibujo de su personaje monstruoso bajo una profunda mirada introspectiva -todavía hoy, hay quien otorga a EL HOMBRE ELEFANTE la catalogación, excesivamente simple, de biopic-.
Delicadamente conmovedora, sobriamente emotiva, carente, afortunadamente, de una excesiva carga lacrimógena que entorpezca su desarrollo narrativo y distancie al espectador, se halla provista de una infrecuente sensibilidad. (…) No es una película cínica ni se presta a la delectación morbosa. Es eso, sin duda -más que su reposada sobriedad o su cuidado tratamiento visual-, lo que hace que parezca “antigua”. Lynch reivindica la tradición dickensiana, que dio obras tan espléndidas como Cadenas rotas (1946), de David Lean, e inspiró decisivamente a Griffith, Tod Browning (el de Freaks) y los directores de Lon Chaney; su postura se aproxima más a la de Truffaut en El pequeño salvaje que a la de Arthur Penn en El milagro de Anna Sullivan, o Werner Herzog en El enigma de Gaspar Hauser (…). No hay academicismo ni encorsetamiento -el esteticismo huero o suntuoso no es compatible con el rigor exigido por una experiencia creadora verdaderamente vivida- en un drama tremendamente conmovedor pero que no recurre a convencionalismos sentimentaloides: la forma en que se cierra cada secuencia, con recogimiento, sin apurar ni alargar el efecto dramático de los acontecimientos, denota una especie de respeto bien entendido, hacia el personaje central y hacia los sentimientos del espectador, que aplica Lynch sin renunciar a los focos de su interés en el relato.
Y tampoco ofrece, a modo de compensación, los dudosos placeres de la osadía “trasgresora” o “moderna” con que los pretendidos disidentes tratan de disimular su falta de imaginación y de recursos artísticos y personales. La clave de la película de Lynch está en que no se ha dejado contaminar por la actitud mercantilmente sensacionalista de los exhibidores de monstruos en las barracas de feria. (…) Su última escena es un fragmento de cine puro que entroniza al desdichado monstruo en los terrenos de la leyenda gracias a esa poderosa fuerza, inasible, concentrada en el travelling sobre los objetos que han formado parte de la aspiración imposible de Merrick acompañado por el bellísimo adagio de Barber y la ritualidad de sus movimientos (…).
Texto (extractos):
David Lynch, Catching the big fish, Bodkind, 2006
(Atrapa el pez dorado, Reservoir Books, 2022)
Joy Kuhn, El hombre elefante: el libro de la película, Diáfora, 1981
Miguel Marías, “El hombre elefante”, en Crítica Estrenos, Casablanca, mayo 1981.
Antonio José Navarro, “El hombre elefante o un cierto clasicismo”,
en dossier “David Lynch: la irresistible atracción del abismo”,
Dirigido, diciembre 1990.
Ricardo Aldarondo, “El hombre elefante: atracción de lo extraordinario”,
en dossier “David Lynch, mundos extraños”, Dirigido, febrero 2016.