CABEZA BORRADORA v.o.s.e 90′

Eraserhead, EE.UU., 1977

9 enero 2026 | 21:00 h
  • Sala Máxima | Espacio V Centenario

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9 enero 2026 | 21:00 h
  • Sala Máxima | Espacio V Centenario

“(…) CABEZA BORRADORA es mi película más espiritual. Nadie me entiende cuando lo digo, pero así es. (…) Iba desarrollándose por un camino, y yo no sabía lo que significaba. Buscaba una clave que desentrañara el significado de las secuencias. Por supuesto, la entendía en parte, pero no comprendía lo que le daba coherencia. Me estaba costando mucho. De modo que saqué la Biblia y me puse a leer. Y un día leí una frase. Y cerré la Biblia, porque ya estaba; ya estaba. Y entonces la vi como un todo. Y plasmó la visión que yo tenía, cien por cien. (…) Nunca diré qué frase fue (…). La película es como un sueño sobre cosas oscuras y turbadoras (…), reproduce un estado de semi-inconsciencia en el que flotan todas las posibilidades de una pesadilla (…). Hay muchas aberturas y el espectador penetra a través de ellas en áreas muy distintas, y eso es todo.”

David Lynch

(…) Estilísticamente, CABEZA BORRADORA es uno de los debuts más sorprendentes e impresionantes de la Historia del Cine (…). Nos enfrenta a todo Lynch. Es una película-crisol, un film que contiene a los demás, a los que existían antes en formato corto y a los que vendrían después (…).

(…) Cuando estaba rodando CABEZA BORRADORA, película que tardé cinco años en acabar, pensaba que estaba muerto. Pensaba que el mundo habría cambiado radicalmente antes de que yo terminara (…) Hubo un momento en que llegué a plantearme fabricar una figura pequeña, de unos veinte centímetros de alto, del personaje de Henry y construir un decorado de cartón y limitarme a terminar la película en stop-motion. No se me ocurría otro modo de hacerla y no tenía dinero. Entonces, una noche, mi hermano pequeño y mi padre se sentaron conmigo en una especie de salón a oscuras. Tuvieron una charla conmigo. Casi me rompen el corazón porque me dijeron que debía buscar trabajo y olvidarme de CABEZA BORRADORA. Tenía una hija pequeña y debía ser responsable y conseguir un trabajo. Iba ahorrando lo necesario para rodar escenas (…). Jack Nance, el actor que interpretó a Henry, me esperó durante tres años, conservando su idea de Henry, manteniéndolo vivo. Hay una escena en la que el personaje de Jack está detrás de una puerta, pues bien, tardamos más de año y medio en rodar el momento en que la cruza y aparece del otro lado. Yo mismo me preguntaba cómo podía pasar algo así. Hay una expresión que dice: ‘Fíjate en el donut, no en el agujero’. Fíjate en el donut y haz tu trabajo, es lo único que puedes controlar. No puedes controlar nada de lo que pasa fuera de ti. Pero puedes entrar en ti y hacerlo lo mejor que sepas (…). Stanley Kubrick es uno de mis cineastas favoritos de todos los tiempos y me concedió un gran honor en los inicios de mi carrera que me animó de verdad. Yo estaba trabajando en El hombreelefante. Uno de los productores trajo a unos tipos y me explicó que querían contarme una anécdota. ‘Vale’, les dije yo. ‘Ayer conocimos a Kubrick y mientras charlábamos con él nos invitó a su casa por la noche para ver su película preferida.’ Aceptaron. Fueron a su casa y Stanley Kubrick les pasó CABEZA BORRADORA. En ese momento podría haberme muerto feliz, en paz (…).                                                                                              

David Lynch

(…) El uso y el abuso han convertido a DAVID LYNCH en un icono moldeado por lugares comunes, al que venera una parte de la crítica y la cinefilia empeñada -aunque sus actos evidencien otra cosa- en identificarse con una figura, de por sí, al margen del sistema solo hasta cierto punto. Lynch ha contribuido en los últimos años a esa idolatría, al reformular con éxito su imagen en términos de gurú de la autoayuda y el tasado de uno mismo como producto. Ello le ha permitido sobrevivir en el panorama cultural aun cuando haga tiempo que no aporta nada realmente significativo al mismo.

El Lynch que, apenas cumplida la treintena y tras años de producción azarosa -la empezó a filmar en 1972, la completó tras varios parones de rodaje en 1974 y no la montó definitivamente hasta 1976-, lograba hacer de CABEZA BORRADORA un film de culto tan marginal como entusiasta vía su proyección en sesiones de madrugada (…) y resistiendo como pocas las erosiones del tiempo… el Lynch que sublimaba en pantalla con ánimo existencialista sus inquietudes y frustraciones de creador precario, marido y padre inestable, y nativo de la América profunda arrojado a la degradación urbana de los 70… es, y no es, el Lynch que, en 2014, nos redescubría ésta su primera película en claves de meditación trascendental y espiritualidad cuasi religiosa (…).

(…) Es hermosa la concepción que tiene Lynch sobre CABEZA BORRADORA: una obra sin fondo, sin solución dramática, por la que el espectador habrá de circular sin llevar rumbo fijo y fijándose en ángulos, en los puntos oscuros, más en la marginalia que en el grueso de una trama que apenas sí existe. (…) El film remite al rigor anárquico y la desfachatez creadora de los experimentalistas neoyorkinos, películas semiabstractas, empeñadas en temas de percepción visual. (…) La película busca describir sensaciones, atmósferas, mundos que deben descubrirse con infinita paciencia. La películapuede interpretarse, por supuesto, ya que Lynch siempre da las pautas que cree convenientes y deja que cada espectador, atesore sus propias conclusiones y se enfrente con las de los demás. 

Así, CABEZA BORRADORA es un relato que solo acontece dentro de la cabeza de su protagonista, un personaje débil aniquilado por los ritos de la sociedad industrial. Es, también, una pesadilla dentro de otra pesadilla, un relato delirante que combina visiones imposibles con retazos del realismo fotogénico de Lynch (ese universo reconocible, aunque también lejano, de acero industrial).  Es, igualmente, la exploración de los miedos urbanos. Es, también, la crónica surrealista del miedo que experimenta un tipo frágil e incómodo consigo mismo ante la idea, terrible en el contexto diseñado por Lynch, de la paternidad. (…) Pero probablemente la clave del film reside en una ajustada representación del horror que despierta el sexo sometido a la única y exclusiva función de procrear -expresión cruenta del puritanismo-. Según Lynch: “el sexo es la puerta de entrada a algo tan poderoso y místico, pero normalmente las películas lo representan de modo absolutamente plano”(…). El sexo, uno de los placeres más concretos de la vida, desprovisto de cualquier espíritu hedonista, de todo aspecto verdaderamente vital, se convierte, según la película, en algo aberrante, castrador…y así, el protagonista queda reducido, en sueños, a simple materia prima para fabricar lápices borradores, definitivamente, en una “cabeza borradora”.

(…) CABEZA BORRADORA ostenta los trazos fracturados de un dibujo obra de un niño víctima de estrés postraumático, y, a la vez, Lynch hace gala en ella de un talento y una delicadeza meritorios a la hora de ampliar y armonizar el alcance de sus prácticas artísticas previas con la pintura, la animación, la fotografía, y sus cortos primeros, así como de sincretizar a través de las mismas sus influencias. (…) En versión muda, podría acercarse al arte de la pantomima o a Jean Cocteau –La sangre de un poeta-, un explícito referente para Lynch y para este film en concreto. (…) 

(…) CABEZA BORRADORA es un film sin relato, o una historia sin episodios, una espiral de sensaciones más que un cruce de situaciones, una obra de cine puro en la que, pese a su singularidad, afloran (…) además de las obvias influencias del expresionismo pictórico y cinematográfico, el tortuoso universo creador del pintor británico Francis Bacon, algunas tendencias de la pintura neoicónica, los grabados de Doré, el espíritu que anima las mejores obras de Caspar Friedrich, Ferdinand Oehme, Gustav Carus, Boecklin, o Edvard Munch, y cierta textura expositiva equiparable a los más inolvidables pasajes de Kafka o Lautréamont. (…) En CABEZA BORRADORA conspiran el hombre de la multitud imaginado por Poe y Un perro andaluz y La Edad de Oro de Luis Buñuel; la pesadilla de aire acondicionado denunciada por Henry Miller y las psicopatologías de la vida cotidiana descritas por Freud; la sonrisa de terror esbozada en silencio por Harry Langdon y la materia animada por estremecimientos de Jan Svankmajer; Tod Browning, Charles Laughton y el Herk Harvey de la serie B de zombis Carnival of Souls

(…) La América de mediados de los años 70, sumida en la crisis del petróleo, la desilusión consiguiente al fracaso de la contracultura y la corrupción política, un paradigma socioeconómico en plena transición que desembocaría en el capitalismo postindustrial dejando innumerables víctimas por el camino, es un momento tan bueno como cualquier otro para denunciar las contradicciones inherentes a los credos sobre el bienestar material y el progreso intelectual. La naturaleza sin duda singular de la película -fruto, tanto de su adscripción a las prácticas y corrientes artísticas citadas-  no quita para que comparta rasgos con el grueso de lo más interesante producido por entonces, especialmente en Estados Unidos. Esta vinculación, no tan problemática como podría pensarse en principio, de CABEZA BORRADORA con el cine popular de su época, nos da una pista sobre el segundo nivel de lectura que propicia la película: su renovación del expresionismo y lo surrealista está tamizada por un talante autista, en ciertos aspectos conservador, y una atención obsesiva por lo estético y la perfección técnica. 

Puede ser la razón de que, pese a su carácter chocante, el film sea una propuesta “atractiva” para su consumo literal y metafórico, para que la efigie de su protagonista en una camiseta otorgue hoy por hoy réditos -de clase, afectivos, ¿trascendentes?- a quien la viste. Ese potencial para la domesticación, la asimilación, que dejan adivinar las superficies pulidas de CABEZA BORRADORA, está relacionado también con su condición menos de objet trouové (objeto encontrado) en la senda de las vanguardias, que de artefacto cultural, necesitado de una cierta complicidad por parte del espectador e inscrito en una lógica de consumo tangible e intangible. Al contrario que el distanciamiento propio del arte de los 60 y los 70, interesado por suscitar el extrañamiento del público, Lynch trata de forzar la proximidad en tanta o mayor medida que el film típico de Hollywood. 

CABEZA BORRADORA acaba siendo (y no deja de serlo desde que se entra en ella) todo un test sensorial. (…) Al espectador le puede repeler, pero es difícil despegarse de ella (…). El público se lanza a esa “excursión en plena gruta mental”, que es lo que André Breton le pedía a su juego favorito: al cine. (…).

Texto (extractos):

David Lynch, Catching the big fish, Bodkind, 2006 

(Atrapa el pez dorado, Reservoir Books, 2022)

Vicente Molina Foix, “Cabeza borradora: la cabeza del cordero”, 

en Crítica Estrenos, Fotogramas, 3 junio 1981. 

Antonio José Navarro, “Cabeza borradora: la seducción de lo oscuro”, 

en dossier “David Lynch: la irresistible atracción del abismo”, 

Dirigido, diciembre 1990.

Quim Casas, “Cabeza borradora: la pesadilla industrial de Lynch”, 

en sección “Flashback”, Dirigido, octubre 2008

Diego Salgado, “Cabeza borradora: ordenes de lo existente”, 

en dossier “David Lynch, mundos extraños”, Dirigido, febrero 2016.

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