LA CONCHA Y EL CLÉRIGO de Germaine Dulac es reconocida en muchas fuentes como la primera película surrealista. En ese sentido es interesante, señalando el camino hacia las dos colaboraciones Dalí / Buñuel y otros puntos de referencia tempranos del cine surrealista. Rodada años antes que Un perro andaluz comparte con ésta algunos temas, como una representación abstracta de la sexualidad y la muerte, así como un ambiente parisino. Presenta solo un indicio de una narrativa más reconocible que luego se desarrollará pero está dotada de una belleza hipnótica con algunas escenas notables al dividir la pantalla en múltiples imágenes superpuestas. Más que una película es una experiencia sensorial. Dulac se adelanta a su tiempo -y también a Buñuel y Dalí- construyendo una pieza que no se entiende con la cabeza, sino con el cuerpo. Su historia apenas importa: un sacerdote atormentado por el deseo hacia la esposa de un general. Lo esencial es cómo se muestra ese conflicto interior, hecho de impulsos, represión y culpa, todo traducido en imágenes que se descomponen y se superponen como si el propio pensamiento estuviera derritiéndose en pantalla. Dulac rompe con el cine narrativo y abre el terreno del inconsciente. Sus encuadres son visiones: rostros flotantes, reflejos imposibles, escaleras que no llevan a ningún lugar. Cada gesto, cada cambio de foco, parece el eco de un sueño inquietante. Esa materialización del deseo reprimido -filmada con una libertad que debió de parecer indecente en 1926- convierte lo que podría ser una fábula moral en una crítica feroz a la autoridad religiosa y al poder masculino. Basada en un argumento escrito por el poeta, novelista y dramaturgo, Antonin Artaud, hasta él mismo protestó por la película, porque no se vio plasmado, como pretendía, en su tratamiento de la historia. No aceptó que Dulac era también una autora y cualquier historia que cayera a sus manos, la adaptaba a su manera: con su criterio, su visión del mundo y su aprecio por las mujeres. Vista hoy, la película conserva la fuerza de un acto fundacional. Es un manifiesto sobre el deseo, la libertad y la mirada femenina en un mundo donde ambas cosas estaban prohibidas. Un film que no pide ser entendido, sino sentido. Ya nadie duda de que Dulac, la segunda directora de cine después de Alice Guy, fue una gran precursora que hizo sus películas con el irresistible deseo de experimentar y extraer nuevos recursos de lenguaje que, el todavía joven arte cinematográfico, proporcionaba a la gente con talento. A su favor, la directora francesa tenía ya una visión clara, crítica y liberal del mundo que la rodeaba, y resueltamente inmiscuida en una visión feminista del mundo, sus películas se ocuparon de la mujer propendiendo siempre por su toma de conciencia. El film transgredió la censura con recursos solo accesibles para iniciados y contiene una fuerte crítica a las instituciones de las que más denostaron los surrealistas: burguesía, militares y clero. El cine de Dulac es pura intuición, una sucesión de pulsiones visuales que atraviesan la razón. Por eso su modernidad sigue intacta: porque no pretende convencer, sino perturbar. Y quizás por eso la Junta Británica de Censores Cinematográficos la prohibió en 1927 (…).
Texto (extractos):
Hans Richter, “Avant-Garde”, Film Culture, enero 1955
Lola Hinojosa, “La concha y el clérigo”, museoreinasofia.es