(…) En términos de duración, LA QUIMERA DEL ORO es el tercer largometraje de Charles Chaplin después de El chico (1921) y Una mujer de París (1923), y el segundo protagonizado por el personaje de Charlot, por más que el mismo figura acreditado no como “el vagabundo”, que era lo habitual, sino como “el buscador [de oro] solitario”. A riesgo de especular y más allá de las razones, siempre personales, que condujeron a Chaplin a realizarla, LA QUIMERA DEL ORO hace gala de una notable dualidad tonal en lo que se refiere a su puesta en imágenes. Por un lado, es una “típica” aventura de Charlot, dicho sea en el sentido más noble de la expresión, concebida, planteada y, lo que es más importante, filmada por Chaplin al igual o de manera muy similar a la del grueso de su producción cómica silente. Pero, por otra parte, es un film que prosigue, a nivel estético y narrativo, el ambicioso camino que su autor había emprendido con la a todas luces muy arriesgada Una mujer de París.
Dicho de otro modo: en LA QUIMERA DEL ORO, Chaplin se mantiene fiel a sí mismo, a Charlot, y al mismo tiempo prueba a hacer algo distinto, de tal manera que conviven en la película dos tonalidades bien diferenciadas, pero a pesar de ello perfectamente armónicas: la comedia silente y el esplendor de la madurez del cine del momento. Téngase en cuenta que en 1925, año del estreno de LA QUIMERA DEL ORO, también ven la luz clásicos firmados por King Vidor (El gran desfile), Eisenstein (El acorazado Potemkin), Dreyer (El amo de la casa) Murnau (Tarfufo o el hipócrita), Buster Keaton (Siete ocasiones), Pabst (Bajo la máscara del placer), Fred Niblo (Ben-Hur) o Rupert Julian (El fantasma de la Ópera). -¡Vamos lo mismo que hoy día!-. (…)
(…) La idea que engendró el largometraje nació un domingo por la mañana de uno de los numerosos fines de semana que el cineasta pasaba en casa de Douglas Fairbanks y Mary Pickford. Éstos le mostraron unas fotografías de las heladas regiones que separan Alaska del Canadá y Chaplin recordó que en ese escenario se había producido la llamada “Fiebre del Oro” entre 1896 y 1910. La pasión de centenares de hombres desesperados para cambiar el trágico curso de sus vidas tras el hallazgo de un filón de oro proporcionaba elementos dramáticos que el cineasta podía adaptar a su estilo. Tan pronto empezó a desarrollar el proyecto de LA QUIMERA DEL ORO, incorporó además el episodio histórico de la expedición Donner que, en su búsqueda de un paso entre las montañas para llegar a California en 1846, concluyó en una catástrofe con los supervivientes obligados a practicar el canibalismo con los cadáveres de decenas de compañeros. Conjugando la epopeya de los buscadores de oro con la trágica expedición Donner, adecuadamente filtrados por el humor netamente chapliniano, ambos elementos dieron pie a una comedia dramática y emotiva cuyo rodaje se produjo en circunstancias casi tan difíciles como las vividas por sus protagonistas. (…) Chaplin era capaz de tener a todo el equipo cruzado de brazos días y días, en espera de instrucciones, hasta no hallar la idea exacta que permitiera avanzar la acción. (…)
(…) La varita mágica del realizador fue capaz de convertir el más terrible de los dramas en la más sutil de las comedias. (…) La idea de rodar una epopeya con ribetes cómicos en paisajes nevados no era original. Keaton ya había realizado El Polo Norte (The Frozen North) en 1922, pero Chaplin supo aportar a su film su peculiar toque de distinción. (…) LA QUIMERA DEL ORO es recordada, con justicia, por el brillo genial de sus escenas cómicas, algunas de las cuales se cuentan entre lo mejor de su creador, que ya es decir. Sin ánimo de ser exhaustivo, quién no recuerda la primera aparición de Charlot, convertido en buscador de oro y caminando por el borde de un peligroso precipicio…, seguido, sin que se dé cuenta y muy de cerca, por un oso. O las famosas escenas en la cabaña de Big Jim (Mack Swain), tanto las que se producen en el primer tercio del relato (y que incluyen momentos tan celebrados como el hervido de uno de los zapatos de Charlot a falta de nada mejor que comer, o el momento onírico en el cual el famélico Big Jim mira a Charlot y cree que es pollo), como, sobre todo, al final (la extraordinaria secuencia de la cabaña, balanceándose al borde mismo de un barranco).
(…) Precisamente la escena de los zapatos demuestra hasta qué punto Chaplin no tenía nada que envidiarle a Keaton en el uso expresivo de los objetos: (…) en la pantalla, Charlot transmite una moderada resignación que su colega contempla con cara de asco. Pero su estómago se halla tan vacío que agradece los pedazos de cuero de la suela, los cordones enrollados como si fuesen espaguetis e incluso los clavos apurados como si se tratase de los huesos de un suculento capón. Para el rodaje, Chaplin dispuso de un peculiar calzado comestible cuya suela y cordones eran de regaliz mientras los clavos sabían a caramelo. (…)
(…) Por su parte, la escena del baile con los panecillos figura entre los grandes momentos de la obra del cómico y el propio Coppola volvió a rendirle homenaje en una escena de Cotton Club (1984) donde un actor que interpreta a Chaplin la reproduce en una de las frecuentes visitas que el cineasta efectuó realmente al célebre local abierto en el corazón de Harlem pero exclusivamente reservado para clientes de raza blanca.
(…) Pero lo que llama la atención no es solo, por descontado, la brillantez de todo esto, sino el hecho de que, a pesar de estar rodado a mediados de la década de 1920, Chaplin lo resuelve de una forma deudora de sus cortos cómicos del silente. (…) Chaplin introduce escenas que están a caballo del patetismo y el melodrama. El cambio de tono es total, y a pesar de todo, coherente con la poética chapliniana, mezcla de humor y sentimentalismo, lo cual confiere a LA QUIMERA DEL ORO una sorprendente sensación de realismo, en virtud del cual deja de ser (aún sin dejar de serlo por completo) una “película de Charlot” para convertirse en una película de Charles Chaplin.
(…) LA QUIMERA DEL ORO se estrenó en el Stand Theatre de Nueva York. Desde la proyección de las primeras secuencias, el público acogió el film con entusiasmo corroborado con un estruendoso aplauso final (…).
Texto (extractos):
José Abad, “La quimera del oro”, Ideal, miércoles 25 junio 2025
Esteve Riambau, Charles Chaplin,
col. Signo e Imagen/Cineastas, nº50, Cátedra, 2000
Tomás Fernández Valentí, “La quimera del oro: cuestión de tono”,
dossier “Chaplin, de la pantomima al arte sonoro”, Dirigido por, junio 2025
Antonio José Navarro, “La quimera del oro”,
en especial “100 años de cine”, Dirigido por, julio-agosto 1995