(…) Con frecuencia se suele olvidar que Roman Polanski es polaco, si bien nacido en París, que en su formación cultural figura no solo el cine sino también el “teatro del absurdo” y Jerzy Grotowski, y que en su infancia conoció los campos de concentración (…). En EL PIANISTA, un film desarrollado en el ghetto judío de Varsovia durante los años de la II Guerra Mundial, el cineasta recupera el peculiar aire realista de Repulsión, con la que, pese a sus diferencias temáticas y estilísticas, comparte no pocos elementos, los cuales se localizan en lo que puede ser la mejor parte del film: todo lo concerniente al largo período de tiempo que Wladyslaw Szpillman (Adrien Brody) debe pasar encerrado en pisos de Varsovia, oculto de los nazis. No es que el encierro de Szpillman tenga algo que ver con el de Carol (Catherine Deneuve) en Repulsión (…): se trata de una forma de crear una realidad interior en un decorado que se halla continuamente sometido a agresiones procedentes del exterior (los hombres, para Carol; los nazis, para Szpillman), diluyendo incluso la idea del tiempo. Y así como Carol tenía la compañía de su obsesión enfermiza, de sus visiones, Szpillman tiene la del teclado del piano, que le ayuda a sobrevivir en una realidad imaginaria hecha de una música que no suena más que en su mente, tratando de acallar el sonido de las bombas y los disparos de fusil y metralleta, y en la que el tiempo ha dejado de tener su tradicional significado. Por ello, los momentos en los que la música se hace real, dolorosamente real, igual que la constatación de que el tiempo existe más allá de ese encierro, alcanzan una fuerza irresistible: unas notas de la sonata “Claro de luna”, de Beethoven, sobre las ruinas de la ciudad en un plano nocturno; Szpillman tocando el piano para el oficial nazi, diluidas las barreras que separan no ya exterior e interior, sino dos mundos en guerra inesperadamente reunidos en la emoción de la música. EL PIANISTA responde, mejor que los otros films del cineasta, a su bagaje cultural polaco: al “teatro pobre” de Grotowski (las escenas familiares), a la literatura del absurdo (no otra cosa es el momento en que un anciano judío paralítico es arrojado por los nazis con su silla de ruedas a través del balcón), a Andrzejewski y su mirada crítica sobre la Historia (…) y a las tradiciones familiares y religiosas del país (el reparto de pedazos del caramelo antes de la separación de la familia adquiere la función de una especie de eucaristía sobre la que late un sentimiento de despedida) (…).
Texto (extractos):
Quim Casas, “El pianista: Polanski vuelve al ghetto”, rev. Dirigido, noviembre 2002
José Mª Latorre, “El pianista: música en tiempo de guerra”, rev. Dirigido, marzo 2004