Herzog siempre retorna a Dorrington –al que manipula dramáticamente como si fuera un actor a su cargo: hay escenas que dan la sensación de pura recreación, y otras en las que condiciona sus reacciones de forma deliberada- y a su obcecación con la muerte del documentalista Gotz Dieter Plage mientras trabajaba a su cargo, pero cada vez que tiene la ocasión se desvía del camino, sobre todo desde que descubre la exuberante personalidad de uno de los ayudantes locales del ingeniero, un guyanés llamado Marc Anthony Yapp, al que utiliza, precisamente, para contrastar la personalidad negativa de aquél.
El dirigible, símbolo de liberación personal para el estudioso británico, que vive encerrado en sus cálculos, en sus miedos y en sus obsesiones, no tiene un efecto tan impactante sobre el sudamericano, mucho más conectado con la Naturaleza, más colmado pese a la sencillez de su existencia. Precisamente Herzog explora en muchos puntos del largometraje su propia relación visceral con los entornos naturales de Guyana, que filma con auténtica delectación, guiado por la hipnótica banda sonora de Ernst Reijseger -que, no casualmente, volvería a utilizar, tal cual, en la posterior, y también muy centrada en la Naturaleza, The Wild Blue Yonder (2005)-. A ese respecto, la filmación con cámaras de cine digitales de la época le ofreció una flexibilidad, y la posibilidad de rodar metraje sin preocupación, que le permitió captar algunos encuadres de extraordinaria belleza durante sus vuelos sobre la jungla de la zona, y que incluso volvió a utilizar, en distinto contexto, en películas posteriores de su filmografía como su Teniente corrupto (2009) (…).
Texto (extractos):
Tonio L. Alarcón, “El diamante blanco”, rev. Dirigido, enero 2014.