El último valle (1971)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

Introducción

El martes, 31 de mayo de 2019, a las  21:00 horas, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario (Antigua Facultad de Medicina en Av. de Madrid), el Área de Cine y Audiovisual (Cineclub universitario/Aula de cine) de La Madraza nos ofrece El último valle (1971), segunda película del ciclo “Un rostro en la pantalla (V): Michael Caine (2ª parte: los años 70 – I)“, con el que el Cineclub universitario cierra su actividad este curso académico 2018/2019. Todas las películas que componen dicho ciclo serán proyectadas en versión original en inglés con subtítulos en español y la entrada a las mismas será libre hasta completar aforo.

Un film atípico con su propio estilo

El último valle (1971) no bebe ni se ampara en las históricas (y convencionales) narraciones didáctico / cinematográficas que se habían dado hasta ese momento. Marca su propio estilo, olvidándose de la posición de observador y/o aventurero. Clavell, su director, centraliza su objetivo, en las acciones directas que se desarrollan en el plácido y hermoso valle de marras, de manera que se vayan despertando “emocionalmente” en el espectador, un encontrado posicionamiento moral sobre esas mismas acciones. De ahí el brillante manejo del dibujo de los conflictos personales que la película va desarrollando en su tapiz argumental, los cuales adquieren capital importancia en el orden dramático, de igual modo que sucedía en algunas películas de la Warner Bros  donde la concreta atmósfera del asunto narrado, se filtra y se pasea por las páginas de la historia, adhiriéndose con naturalidad a la propia realidad histórica. Y Clavell lo lleva a cabo entre otras artes, personificando y dando mucha importancia a los diálogos. Unos diálogos perfectamente apoyados y respaldados por la cámara del director. Con sentencias firmes y de frente que expliquen y clarifiquen las razones del comportamiento de cada cual. Porque los personajes de El último valle están viviendo una historia anacrónica en una era confusa y ambigua. Y con motivo de ello, el film alcanza híbridos instantes de epopeya, de locura irracional. Grupo salvaje (The wild bunch, Sam Peckinpah, 1969) estaba muy fresco en la retina del espectador. Y con ello su estilo: El western sucio, el cual se iba asentando a medida que iban sucediéndose los años y los títulos, y como a grandes rasgos, la acción de El último valle podría situarse/intercambiarse en el universo del western, Clavell introduce aquí a su particular espadachín sucio. El realismo que pretende reflejar,  es fruto de la moral que contiene la historia. Una historia que él (James Clavell) conoce bien y que forma parte de sus referencias, de su pasado. Por eso, por la ausencia vital de ese pasado histórico, que esa moral en los (americanos) westerns post Grupo Salvaje no exista, ya que sus protagonistas, amorales la gran mayoría de ellos, sin referentes ancestrales más allá de 1700, sencillamente basculen sus acciones entre algo tan simple como el Bien y el Mal, obviando con ello, el conocimiento cíclico que da la Historia. En la película se hace patente que el Capitán (Michael Caine) donde se vehicula realmente es en esa estrecha y escéptica línea que podía haber surgido de la pluma y la cámara de Sergio Leone en sus revisitaciones de los caracteres westernianos, alejándose de los patrones de los mencionados ejercicios Warner con Errol Flynn y/o Basil Rathbone a la cabeza, cuyas líneas de guión estaban (románticamente) trufadas de palabras como “honor” y/o “traición”. Y ello se debe a que El último valle no es un film made in Hollywood con folletinescos piratas y bucaneros de cartón piedra. Clavell rehuye esa etiqueta y su horizonte cinematográfico se dirige hacia la hipnótica atracción del discurso humanista en un mundo deteriorado.

Sobre la trama

Los primeros compases del film juegan en el terreno de la eficacia. Vogel (Omar Sharif) es testigo de la destrucción de un pueblo inofensivo a manos de un grupo de soldados mercenarios de los cuales desconocemos su afiliación religiosa (recordemos que en un inicio, en el conflicto en cuestión, se dirimían cuestiones de índole religiosa entre partidarios de la Reforma y la Contrarreforma dentro del Sacro Imperio Romano Germánico). Estos bárbaros llegan al lugar con un único propósito: El pillaje amén del asesinato y la violación. Sharif con la incomprensión y el terror impresos en su mirada, asiste al despropósito y huye para caer en un escenario dantesco donde, de manera lisa y llana, se nos muestran un reguero de cadáveres afectados por la Peste Negra. A continuación, tras el infierno, ante los ojos desesperados del intérprete de Doctor Zhivago (David Lean, 1965),  se abre una realidad fantástica en la orografía de un valle maravilloso y encantador (localizado realmente en el Tirol austríaco) que aparece de la nada, sorprendiendo a propios y extraños de que, un lugar como ese, haya pasado desapercibido al devenir de los acontecimientos (por obra y gracia de Nuestra Señora patrona pétrea del lugar). En ese momento, el bucolismo impreso por Clavell, bajo los exuberantes y armónicos acordes de John Barry, resuenan y se acomodan sensorialmente en el ánimo y el alma de todos los participantes en la experiencia que ha de suponer El último valle, ya sean intérpretes o espectadores. Porque cuando esas hordas previas, comandadas por Caine tropiecen con el mismo lugar, en ningún momento el escepticismo y la incredulidad se adueñan de la función. En una escena ejemplar entre ambos intérpretes, Sharif convence a Caine de que pasar el invierno, él y sus hombres, en el valle puede ser más beneficioso que arrasarlo de un inicio. El pragmatismo del oficial hace buenos oídos a tal propuesta y tras eliminar el escollo de algunos disidentes, decide quedarse en el valle. A Clavell, para el curso de su historia, le interesan principalmente el juego de Caine y Sharif, y no nos los presenta y desarrolla de manera ni funcional ni popular. En sus confrontaciones dialécticas, el sentido dramático es absoluto y sus sentencias inflexibles y brutales. Estos momentos van confeccionando una película sobria que hace de la confusión y las preguntas sin respuesta una de sus virtudes. En El último valle Clavell aboga por hombres capaces de orquestar mundos ideales que luchan por aplicar en sus mundos actuales. Un trabajo que se gesta como una fantasía ética que necesita de la ayuda de los demás para materializarse.

Cierre

La novela “El último valle” de J.B. Pick fue publicada en 1959 y diez años más tarde, James Clavell (1921-1994), en calidad de productor, guionista y director, inició la adaptación para la gran pantalla de tan épica propuesta. Vista hoy, en el siglo XXI, resulta extraño que en el período de su realización, un film de estas características (necesitado de un gran aparato de producción) y respaldado por un nombre como el de Clavell (no muy conocido), encontrara acomodo en una productora para poder llevarse a cabo. A finales de los sesenta y principios de los setenta sorprende que alguien encontrará a un productor inconformista y con los necesarios redaños morales como para orquestar, bajo el marco de la apenas visitada Guerra de los Treinta Años, tan nihilista e inclasificable alegato cinematográfico, que trastorna (y desconcierta) las expectativas de base de la versión histórica que anida en su sustrato (el futuro del conjunto de Europa en los siglos posteriores), trascendiendo el género de un modo tan particular y valiente que consigue que las referencias utilizadas, así como las influencias versus ejercicios similares pasados, se revistan mediante una cierta ironía/incredulidad formal.

Para más información acerca de esta película y del resto del programa, pulsa el siguiente enlace, en el que podrás descargarte, en pdf, el cuaderno con todo el contenido del ciclo “Un rostro en la pantalla (V): Michael Caine (2ª parte: los años 70 – I)“, organizado por el Área de Cine y Audiovisual (Cineclub universitario/Aula de cine) de La Madraza. Centro de Cultura Contemporánea de la Universidad de Granada. Espero que disfrutes del mismo. ¡Muchas Gracias y un saludo!