La huella (1972)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

“(…) Francamente, yo no veo el cine en términos del triunfo de los débiles o de los fuertes. Lo veo como comentarios sobre el ser humano. Creo que el ser humano tiene tantísimas facetas interesantes, sobre todo las mujeres, que pueden ser plasmadas en comedias, dramas, con humor, rabia… No creo que sea preciso que haya violencia en la pantalla, con disparos y explosiones. Sin embargo, hace falta tiempo para escribir bien y para dirigir: ésa es la responsabilidad del director. (…)”

“(…) He querido acentuar en la adaptación el contraste entre las clases y mostrar que el intelectual, por el hecho de serlo, cree ser mentalmente superior al que no lo es. Es el caso de Andrew Wyke. Ciertamente no es el más intelectual de los intelectuales; es pomposo, pero al fin y al cabo ha leído mucho y es autor de novelas policíacas de gran éxito… Pues bien cuando alguien con gran poder como él, un miembro de la alta sociedad, humilla a los pobres y débiles puede suscitar en el adversario un talento terrible para la revancha, que de no existir él, no hubiese tenido ninguna razón para que existiera. Y eso es para lo que Andrew Wyke no estaba preparado . (…)”

Joseph L. Mankiewicz

 

Introducción

El viernes, 7 de junio de 2019, a las  21:00 horas, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario (Antigua Facultad de Medicina en Av. de Madrid), el Área de Cine y Audiovisual (Cineclub universitario/Aula de cine) de La Madraza nos ofrece La huella (1972), cuarta y última película del ciclo “Un rostro en la pantalla (V): Michael Caine (2ª parte: los años 70 – I)“, con el que el Cineclub universitario cierra su actividad este curso académico 2018/2019. Todas las películas que componen dicho ciclo serán proyectadas en versión original en inglés con subtítulos en español y la entrada a las mismas será libre hasta completar aforo.

El eterno juego de la lucha de clases

Basada en una pieza teatral de Anthony Schaffer, La huella gira en torno a Andrew Wyke, decadente aristócrata y un exitoso escritor de novelas policíacas encerrado en una espectacular pero siniestra mansión decorada peculiarmente con todo tipo de juegos y autómatas. Un día, Wyke invita a su casa a Milo Tindle (Michael Caine), un joven peluquero que resulta ser el amante de su mujer Marguerite. El escritor propone a su joven invitado que se pase por un ladrón y robe las joyas aseguradas de su esposa para poder ir a vivir con ella y poder mantenerla, mientras que él se iría con su amante y el dinero del seguro. Cuando Tindle decide acceder, la situación de convierte en un macabro juego teatral donde las intenciones iniciales e incluso la propia personalidad de los participantes se distorsiona hasta el infinito.

Lo que realmente fascinaba a Mankiewicz, el director,  era la idea del juego y La huella es, en esencia, el más grande de los juegos cinematográficos que se han visto. No en vano el territorio de la acción donde se destrozan los dos personajes está construido a base de instrumentos de entretenimiento mudos, siniestros, casi obscenos, símbolos de la propia trama grotesca y burlona que estamos presenciando. Pero el juego no se ciñe a reglas convencionales, sino que esta vivo, en constante movimiento hasta el punto de atrapar al propio demiurgo que lo puso en marcha, como le ocurre a Wyke, que termina siendo un simple peón en una inmensa tela de araña de la que ni él puede escapar. Y a la hora de hablar de juego… ¿qué naturaleza tiene el juego planteado por Mankiewicz y puesto en marcha por su personaje Andrew Wyke? Pues en esencia el eterno juego de la lucha de clases, pero con el twist de considerar al mismo como un monstruo que fagocita a los más débiles aparentemente. Tindle es consciente de su origen humilde, de no pertenecer a esa élite que representa de forma algo desfasada Wyke, pero Tindle no dudará en utilizar las armas de su contrincante y enemigo de clase para estar a su altura, para llegar a tener lo que la clase superior posee. Mankiewicz no cree en una lucha de clases revolucionaria y con potencial para cambiar el mundo, sino de un mero procedimiento de reproducción que convierte a ilusos revolucionarios en futuros explotadores, convirtiendo a La huella en la crónica del ascenso al poder de unos advenedizos con sed de revancha, una especie de conjura de mediocres enfurecidos de clara ideología, a la postre, reaccionaria aunque efímera. Lo único que consigue a la postre Tindle es la muerte y una rebelión estéril y meramente ilusoria de sus autómatas, pues para Mankiewicz estos arribistas llenos de ira están condenados a engendrar rápidas formas de extinción.

Milo Tindle y Andrew Wyke ponen en escena su propia destrucción. Aunque les separan sustanciales diferencias de clase y de cultura, una concepción del juego radicalmente distinta y ocupan papeles diferentes en la representación, ambos parecen arrancados de la realidad y condenados a encontrarse en la lucha por perpetuar su dominio sobre el adversario. Haciendo valer las diferencias económicas, los desequilibrios culturales, las relaciones sexuales o la naturaleza del lenguaje; instrumentos todos ellos para someter y humillar al oponente, poderosas armas de clase, que desvelan la naturaleza racional y dialéctica de la óptica con que Mankiewicz analiza las relaciones entre ambos. La huella tiene la apariencia formal de ser solamente una inteligente y bien urdida intriga policíaca, pero lejos de funcionar en torno a un solo eje temático, su estructura va desarrollando, de forma dialéctica, numerosos motivos, reflexiones y sugerencias que se van implicando los unos en los otros en un vertiginoso torbellino creativo.

Cierre

Es en La huella donde el director llegaba a cerrar de una manera más cínica su obra, dotándose al final del auténtico protagonismo. El plano final de la película, con los personajes convertidos en figurines de cartón de un teatrillo, conforma un ciclo demiúrgico fallido, una especie de aburrido juego de Dios, donde ficción y realidad se confunden, donde autor y obra pasan a ser lo mismo. Mankiewicz cierra así su trayectoria cinematográfica y su propia vida, convirtiéndose en ficción, mostrándose ante los espectadores como un extraño pero comprensible híbrido de hombre y obra, sin posibilidad de una operación posterior para separarlos, con el único horizonte que la propia muerte.

“He empezado esta película con un proscenium y figurines de cartón que anuncian una escena en el sótano donde Wyke muestra cuadros con estos figurines como si fueran recreaciones de sus libros, y terminé la película con una parada sobre la imagen donde los personajes se vuelven siluetas de cartón mientras la cámara retrocede. Andrew Wyke y Milo Tindle, así como los acontecimientos que han vivido, se han vuelto la obra de Wyke, el papel se ha transformado en una de estas novelas, lo que dá una dimensión metafísica a la historia… Pero nadie ha encontrado que se volvían siluetas de cartón, que la cámara, es decir, el director, se retiraba con burla y declarando: Era mi juego; lo que acaban de ver es una de las obras de Andrew Wyke. Ya que la vida de este hombre empieza a ser su obra”.

Joseph L. Mankiewicz

Para más información acerca de esta película y del resto del programa, pulsa el siguiente enlace, en el que podrás descargarte, en pdf, el cuaderno con todo el contenido del ciclo “Un rostro en la pantalla (V): Michael Caine (2ª parte: los años 70 – I)“, organizado por el Área de Cine y Audiovisual (Cineclub universitario/Aula de cine) de La Madraza. Centro de Cultura Contemporánea de la Universidad de Granada. Espero que disfrutes del mismo. ¡Muchas Gracias y un saludo!