Una chica angelical (1935)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

Introducción

Con Una chica angelical (1935) el CineClub Universitario / Aula de Cine inicia su ciclo “Maestros del cine clásico (XI): William Wyler (1ª parte: la década de los 30)“. Dicho evento consistirá en la proyección de una selección de películas del mencionado director, desde el 26 de Marzo hasta el 12 de Abril, todos los martes y viernes, a las 21:00 horas, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario (Antigua Facultad de Medicina. Avda.Madrid). Las proyecciones se verán en versión original con subtítulos en español y la entrada a las mismas será libre hasta completar aforo.

Una suerte de cuento de hadas

Una chica angelical es una de las muchas obras del comediógrafo húngaro Ferenc Molnár adaptada para esta película de William Wyler por Preston Sturges. Se trata de una suerte de cuento de hadas en el que una joven, Luisa Ginglebuscher (Margaret Sullavan), es extraída por el propietario de un cine de Budapest del orfanato donde se ha criado para, a continuación, conocer la sociedad a través de la mediación de una “hada buena” (el camarero de un hotel de lujo) y una “hada mala” (el propietario de una poderosa empresa cárnica) que, a la larga, será la que le proporcione la oportunidad de conocer a un hombre, el abogado Max Sporum (Herbert Marshall), con quien contraerá matrimonio, olvidados ya los días del orfanato. La “hada buena” es la que se preocupa por su virtud, en tanto que la “hada mala” es la que la acosa con tentaciones, concentradas en el hotel donde aquélla presta sus servicios, entre fiestas, ministros borrachos, galanteos con sabor rancio y damas coquetas: Lo que el camarero denomina “el gran mundo”, que tiene poco de grande.

La gracia de esta película: Las situaciones creadas por los equívocos

La gracia de la pieza, cuya naturaleza teatral está respetada por Sturges por medio de los diálogos y por Wyler por medio de una funcional puesta en escena, en todo momento al servicio de aquéllos, se halla, como siempre en Molnár, en las situaciones creadas por los equívocos, los cuales van surgiendo como lógicas piezas de un juego social (dentro de la ilógica en la que nace) a partir de una mentira: Para evadirse del asedio al que se ve sometida por parte del industrial, Luisa se inventa la existencia de un marido al que aquél procura beneficiar económicamente en el nombre del deseo que experimenta por la falsa esposa. Todo es caricaturesco, incluso la forma de presentar el trabajo de acomodadora en un cine y la película que se proyecta en él, un hueco melodrama conyugal cargado de repeticiones: “vete”, es la persistente respuesta que da el actor en la pantalla a las palabras de la actriz, que el indignado marido da a la esposa repudiada. Si la caricatura no va más allá del respeto a las reglas del antiguo vodevil, incluyendo frases de doble sentido y, desde luego, alusiones sexuales, es preciso añadir que da lugar a secuencias muy brillantes, como las que se desarrollan en el reservado del hotel entre el industrial cárnico y Luisa, interrumpidas por el camarero, o la del desayuno compartido por Luisa y Max en la casa de éste, con café y huevos duros; o a detalles tan divertidos como la obsesión del abogado, cuya norma es la ética y la honradez, por tener en su despacho un sacapuntas con varios agujeros y su gestualidad al extraerlo de la caja en la que ha llegado, como si un niño hubiera recibido un juguete, o sus dudas a la hora de decidir si debe afeitarse la barba o no; y ello sin olvidar el inevitable apunte ternurista teniendo en cuenta la procedencia del personaje femenino: Luisa, que nunca ha tenido nada, no puede ocultar su emoción cuando Max le regala una estola de zorro: El primer obsequio que recibe, su primera pertenencia, momento al que Wyler confiere un tratamiento casi musical.

Cierre: Una época de inflexión

Una chica angelical es una de las tres comedias que Wyler realizó en el periodo comprendido entre 1930 a 1935. Un período que supuso la readaptación de sus preceptos de producción a la nueva situación con la llegada del cine sonoro. Sus proyectos, en ese momento, conforman un conjunto heterogéneo e irregular, perfecto, a priori, para poder ir trazando señas de identidad autoral. Una época de inflexión en la que Wyler se aleja del cine mudo y su lenguaje de manera paulatina para encontrar algunas de las características de su cine ulterior.