La fibra que somos

Escrito por
Nacho Ruiz

Fotografía: Lucía López Nievas

La primera vía en la que se pierde la memoria es cuando desaparece el objeto. Su forma y los materiales de los que está hecho pueden no ser relevantes, pero su función siempre lo es. La manera en que el textil aparece en las excavaciones arqueológicas es tan fragmentaria que, con frecuencia, resulta difícil determinar su uso. Es un hecho triste, ya que la conservación de los objetos es señal de civilización, casi una característica central, por lo que su pérdida es un paso hacia la desmemoria. Antiguamente las cosas se arreglaban. Existían oficios específicos para todo lo que nos servía, para lo que era útil, bonito o valioso, incluso para lo que reunía las tres cualidades, y hay dos ejemplos claros.

Los libros son objetos muertos. Todo su contenido está en potencia mientras no se leen. Son elementos inertes la práctica totalidad de su vida, hasta que alguien los abre. Los tejidos están vivos. Suelen cubrir la piel o decorar un mueble o tapar otro. El uso práctico de un textil es una metáfora muy clara de cómo lo ornamental es secundario, de como algo inerte está vivo. Otra gran imagen simbólica es el desgarro de un textil. La rotura de una tela se puede utilizar en multitud de contextos porque siempre es algo triste, hasta cuando una camiseta se convierte en un trapo. Se desgarra la ropa en un asalto, en una violación, en un contexto dramático. Ese desgarro es la ruptura materializada, incluyendo el sonido que todos tenemos en la cabeza mientras leemos este texto.

Pero los textiles, como los libros, se recomponen cuando se rompen y, ambos, recuperan su uso. Hay oficios para ambos casos, las costureras que desde el principio de los tiempos han dado nuevas vidas a prendas rotas y los encuadernadores, que han recompuesto libros desencuadernados y han encuadernado otros que habían perdido sus tapas. Es tan frecuente como extraño; las costureras son mujeres y los encuadernadores hombres, al menos en el lenguaje, un lenguaje que, cuando era escrito, fue demasiado tiempo propiedad solo de los hombres.

Sonia Navarro ha trabajado siempre en un continuo unir de tejidos. Su vida, como la de las costureras, se ha dedicado a juntar, nunca a separar. De esa unión nace lo constructivo que está en la esencia de un trabajo que tiene un lugar y un contexto determinado, pero que lo trasciende, porque el hecho de unir es universal. Durante muchos años unía tejidos nuevos, trabajaba con un sentido estético que comportaba también un componente ético y de reivindicación en el momento en el que era una mujer cosiendo que jamás renunció a sus orígenes ni dejó de reivindicar su tradición. En esta exposición encontramos otra parte de esa línea, las jarapas. Estas obras parten de un término vinculado a harapo, al reaprovechamiento, a esa idea seminal de la reutilización de textiles en desuso, despreciados. Va de una idea de economía del remiendo que está implícita en todos estos trabajos, que deberíamos asumir en un tiempo en el que queremos salvar un planeta desgastado. Una de las razones de ese desgaste son los millones de prendas desechadas que se amontonan en basureros ubicados en países pobres, lejos de nuestra mirada.

Jarapas, materiales pobres, reutilizados, como base y estructura para la belleza. Jarapas tejidas cobrando nuevas vidas desde una oscuridad a la que su condición las ha relegado históricamente. Desde el somier en el que aislaban del frío o en los suelos de los que nos protegían a las paredes del espacio museístico. Es un homenaje descomunal a todo un mundo de artesanía que se desarrolla en Coy, cerca de Lorca, la ciudad batida por la luz hasta el punto de que su nombre, Eliocroca, significa roca del sol.

La fibra de la jarapa, manufacturada junto al esparto salvaje, hilvanado en talleres de Blanca. Dos mundos de producción sostenidos por mujeres que mantienen desde hace milenios esa idea de economía de reaprovechamiento de lo ya utilizado y de lo que este campo, con frecuencia yermo, produce bajo el sol que aplasta. Las obras de Sonia trazan una línea bellísima en la que la descontextualización es en realidad una reivindicación de viejos usos y tradiciones. La historia del Mediterráneo, esa entidad supranacional a la que Braudel colocase en el centro de todo, está contenida en estas fibras que componen la obra de una artista muy consciente de todo ello. Jarapas y espartos que son un libro que cuenta una historia milenaria redactada por mujeres que rara vez supieron leer, un libro escrito bajo el sol del sur.

Esta exposición no es solo una experiencia estética, es un viaje a lo que somos desde lo que nos viste, pasando por lo que nos protege, hasta el paisaje. Todo ello elementos que deberíamos conservar para conservar lo que somos.

Exposición El refugio del sol, Sonia Navarro. Palacio de La Madraza, 21 de abril al 3 de julio de 2026

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