La inocencia es un pecado, la inocencia es un pecado
¿Comprendes? Y los inocentes serán condenados
porque no tienen ya derecho a serloLa sequenza del fiore di carta
Pier Paolo Pasolini
Hubo un apagón en mi pueblo hace poco, durante las últimas tormentas de febrero. Subí por la calle a oscuras, con el ánimo conmovido, solo escuchando mi respiración. Tocaba en el bolsillo una pieza metálica que había encontrado en el suelo esa tarde. La sensación densa y confortable de la calle vacía me recordó la muestra de Fernando Sánchez Castillo, que había visitado esa misma mañana. Habíamos visto en la sala algunos dibujos, a Lorca levantando el vuelo, también unas talla de hueso de aceituna, (un pájaro, un zapato, un mono) hechas por un hombre encerrado en un calabozo. Eran iluminadas por el parpadeo de una luz que carga un niño dorado, en gramática morse, el grito hacia Roma. Dibujos, una grieta.
La pieza en mi mano brillaba sin mirarla, a veces las cosas dejan de ser objetos para ejercer un cuidado sobre nosotros, nos protegen y santifican nuestras heridas, como los exvotos. Imaginamos entonces a un hombre a oscuras que talla una forma familiar y nos alumbra como una luciérnaga. Sabiéndose expulsado de la vida, resplandece. Busca las imágenes que las vetas del hueso marcan, y las alumbra en una fricción necesaria contra el tiempo, o a su favor.
Grillos, palabra con múltiples sentidos, y unos insectos lumínicos que solo es posible ver en la oscuridad y que nos vincula a los primeros misterios. Explicaba Pasolini que las luciérnagas habían desaparecido de Roma bajo los focos de la barbarie moderna y defendía estas pequeñas luminiscencias como la única resistencia posible contra la uniformidad cultural, según nos cuenta George Didi-Huberman en su ensayo Supervivencia de las luciérnagas. Comparto esa impresión casi táctil, melancólica, del autor al mirar estas reliquias. Lo que podemos esconder en la palma de la mano nos contagia una vibración, un parpadeo primitivo.
En una de las salas una proyección anima con una sencilla narrativa los objetos de la muestra que parecen sobrevolar océanos, que se esconden y escapan de sus grilletes. Una mujer a mi lado observa la escena y camina despacio hacia la pared del fondo, intentando comprender qué sucede. La imagen se le proyecta encima y saltan a su espalda unos pájaros luminosos, revolotean como en una linterna mágica. Ella se vuelve y sonríe deslumbrada. En un momento, la habitación se contrae. Ella dice ¿Son juguetes? In girum imus nocte et consumimur igni, sugiere Guy Debord. Girar en la oscuridad y ser consumido por el fuego, a la manera de la polilla.
Reviso otras obras de la trayectoria de Sánchez Castillo, que nos traslada una forma narrativa singular. Repite infinitamente iconos y representaciones del poder hasta hacerlas perder su sentido, y ganar el de la hormiga. La morfología de la masa, grupos de piezas moviéndose rítmicamente, casi siempre ciegos, sin pupila. Somos indiferentes a ellas, que se agitan vivas en su pequeño mundo sin necesitarnos. Pero nosotros sí que las miramos, deseamos llevarlas a casa y jugar con ellas, moverlas como se agita un caballo de cartón.
Exposición Grillos y luciérnagas, Fernando Sánchez Castillo. Palacio de La Madraza, 20 de enero al 4 de abril de 2026