Exposición Los Tientos 24/25. Palacio del Almirante. 7 octubre 2025 – 16 enero 2026
Camilo Mutis—Glosolalia botánica
Jero de los Santos—Pero yo iré
Daniel Domínguez Romero—Eze no zoy yo
Marina Cabañero—La sobremesa
Laura Llaneli—Tono y trama
Hay un hilo tenso y casi mágico en Los Tientos. Todas las obras están conectadas y dialogan a través de distintas dualidades: lo viejo y lo nuevo, la tradición y la innovación, lo colectivo y lo individual, lo puro y lo corrompido. Cada propuesta, aunque diferente en materia y significado, tiene un punto de encuentro cercano a la identidad, una especie de revisión de quienes ejecutan las obras dentro del todo. Y el todo es la raíz. La raíz es oscura porque está dentro de la tierra y, aun así, soporta contextos, pueblos y familias, voces que se cuestionan y un sitio al que ir, o del que salir. Una raíz da un tallo, el tallo da ramas y hojas y todo se hace más alto en busca de la luz. Una raíz siempre busca la luz desde un núcleo oscuro. Si pensamos entonces en el núcleo, nos pueden venir conceptos emparentados con lo puro, por ejemplo, jondo, por ejemplo, origen. Y a lo mejor, por imaginarios colectivos compartidos -predispuestos a cuestionarse- nos puede llevar la raíz también a lo flamenco.
Ahora pensemos en una mesa flamenca. Una mesa flamenca es una fiesta, hay brindis, palmas y un grupo que celebra. Una mesa flamenca siempre se da en la sobremesa porque la sobremesa es la celebración de que ya se ha comido, un agradecimiento por estar vivas y comer, el reposo y el café. La mesa de la sobremesa de la intérprete y artista teatral Marina Cabañero tiene manteles rojos y blancos y rotuladores con los que puedes expresar lo que te inquieta o lo que te da alegría. Es una mesa flamenquísima porque supone el espacio y tiempo de un encuentro efímero que se vuelve un ritual potentísimo: el café y el chisme. Una mesa de celebración es un espacio sagrado de cuidado y libertad, sin juicios.
En la propuesta de la creadora de arte sonoro Laura Llaneli, Tono y trama, se oyen voces de mujeres en bucle. Son voces maduras y a algunas no les gusta oírse. Se cuestionan quiénes son a través de su voz. Las mujeres han bordado con colores sus voces en una tela blanca. La materialización de la voz es un tapiz lleno de historias vitales que no siempre han encontrado el espacio para reproducirse y que ahora supone una experiencia colectiva de escucha que nos invita a imaginar a las protagonistas y a entender sus cuestionamientos. Me parecieron todas familiares.
La primera acepción de glosolalia es don de lenguas. Camilo Mutis añade la botánica en una instalación que combina los ayeos del flamenco con el mundo vegetal. Raíz jondísima esto: la tierra, las hojas y el ay. Lleva a la ficción el sonido de las plantas a través de grafías e inventa un herbario como un cancionero flamenco al que llama “Plantas flamencas de sol morado”.
En la glosolalia botánica hay plantas, tierra, máquinas y cajas de luz que alumbran lo jondo y desconocido. La relación de la naturaleza con un quejío profundo y atronador en un viaje hacia el interior del suelo.
En la misma sala, el artista visual y de edición experimental Daniel Domínguez Romero presenta distintos poemarios ilustrados y escritos como habla: se reconoce a través de la escritura e ilustración y, con ello, el reconocimiento de un pueblo. Con una forma cercana al Êttandâ pal andalûh (EPA), la propuesta recuerda a Juan Ramón Jiménez y trae a la palestra las hablas andaluzas, pero sin voluntad de romantización.
Por último, el artista visual Jero de los Santos presenta en Pero yo iré la parte audiovisual, una suerte de fiesta electrónica y flamenca psicodélica con imágenes de ciervos, caballos y otros animales, estructuras poliédricas y símbolos que nos invitan a aceptar la extinción. Alfa y omega. Oscuridad y luz. El origen y lo jondo quizás fuese esto.
Todas las propuestas dan luz a la raíz. Esto es: a la inversa, de la luz a lo hermético, a lo húmedo y a la tierra. Llega un momento en el que nos ponemos a escarbar para saber hacia dónde vamos. Y a lo mejor es necesario conocer el origen para asumir la extinción, esa luz cegadora que precede al fundido en negro. Un hilo tenso y mágico. Una cosa flamenquísima. Después de todo, la pureza siempre nos hace conectar con el sentimiento de pérdida.