Imagen: Scuola di Barbiana (don Milani [© Giovanni Pracucci]. Licencia: CC BY 2.0 — vía Flickr
Hace poco escribía Muñoz Molina en El País que “hoy peligra el ascensor social”. Lo hacía en una tribuna de opinión en la que repasaba con nostalgia su paso por la escuela y la universidad en una época en la que aquello estaba reservado solo para la minoría más privilegiada y para el puñado de chavales de clase trabajadora que tenían la suerte de acceder a una beca. Antonio, que fue uno de estos últimos, se lamentaba en el texto de que hoy vivamos otros tiempos, unos en los que el ascensor social del que él sacó provecho apenas funciona.
Sin duda, su relato es el tipo de historia de superación que gusta en la izquierda porque combina tres ingredientes habituales en el recetario progresista. Para empezar, en lugar del privilegiado que dice haberse hecho a sí mismo, aquí tenemos a un protagonista de origen muy humilde que no olvida de dónde viene y reconoce que los propios méritos “no habrían cuajado sin un entorno favorable, y sin la ayuda de quienes nos alentaron cuando más falta nos hacía”. En segundo lugar, aunque el relato sea pesimista sobre el presente, también transmite confianza en las posibilidades emancipatorias de la escolarización, en “el valor de la educación como conquista democrática y de la justicia social”: en una sociedad profundamente desigual, el acceso a becas vendría a igualar o acercar las oportunidades de unos y otros. “Bastaba una beca para cambiarnos la vida”. Por último, el relato nos ofrece también redención colectiva, pues la superación personal parece fundirse con el bien común y el progreso: “cuántos profesores, ingenieros, científicos, han llegado a serlo gracias a las becas, y han sido decisivos en el progreso del país en el último medio siglo”. O en palabras de Eva Alcón, la presidenta de los rectores de las universidades españolas, a la que Muñoz Molina reconoce como una de las suyas, de su “misma oleada”: “¿Cuánta gente conocemos que fue la primera generación de universitarios de su familia, y gracias a poder ir a una universidad con precios públicos pudo transformarse en médicos, abogados, periodistas?”.
Vaya por delante que comparto la preocupación por el estado de la educación pública, pero bajo toda esa retórica biensonante lo que se esconde (y no muy bien) es un evidente clasismo. En principio, Muñoz Molina sabe que la escuela de su infancia no fue en absoluto ideal y que para la mayoría de sus compañeros de clase —entiéndase aquí en su doble aceptación— fue simplemente un medio más para apuntalar y legitimar su fracaso. Sin embargo, eso no parece indignarle tanto. En su relato, los compañeros a los que dejó por el camino no alcanzan ni el estatus de personajes secundarios. Son solo el objeto de la vergüenza del protagonista: “Ahora salíamos por las tardes del instituto y nos encontrábamos con los antiguos amigos de la calle y la escuela, algunos con monos azules de trabajo, con la ropa empolvada de los peones de albañil. Con un sentimiento de deslealtad nos estábamos alejando de ellos”.
El auténtico ejemplo de deslealtad, sin embargo, no es aprovechar la oportunidad que la beca le ofreció, sino escribir una tribuna para lamentarse porque ya no habrá otros con su misma suerte en lugar de dedicarla a denunciar que, a pesar de todas las promesas de igualdad, la escuela de ayer y de hoy ha dejado siempre a muchos atrás. Porque lo que parece preocuparle es que los Muñoz Molina de esta generación vayan a quedarse por el camino y acaben siendo, yo-qué-sé, camareros, barrenderas o cajeros y no alguna de esas otras profesiones que sí serían “decisivas en el progreso del país”.
Más allá de los prejuicios de Muñoz Molina, cabría recordar que si hay una clase decisiva en el progreso histórico esa es la clase trabajadora. Como comunistas, no podemos aceptar una educación que empuja a unos a una vida llena de ventajas y a otros a una de explotación y miseria a cambio de que existan algunas pasarelas entre una y otra. Mientras la clase media en descomposición se queja de la desaparición de las pasarelas o los ascensores, que son necesariamente solo para unos pocos, las comunistas debemos defender una educación verdaderamente universal y de calidad. Eso pasa por poner en el centro de nuestras luchas las reivindicaciones e intereses de la clase trabajadora y por recordar en todo momento que ningún aumento en las becas puede por sí solo garantizar la igualdad: si en una sociedad clasista la educación está condenada a serlo también, no nos queda más remedio que luchar por derribar los cimientos de una sociedad que enseña a aceptar la desigualdad como destino. Por supuesto, no pensamos conformarnos con prebendas para los “buenos alumnos” ni permitir que sus historias de éxito se utilicen para maquillar un sistema educativo estructuralmente injusto. Aquí cabe recordar lo que escribieron los alumnos de Barbiana en su crítica a esa escuela que se limita a ofrecer salidas individuales a aquellos más dispuestos a “saltar el foso” que separa a la clase trabajadora del poder, la riqueza y los privilegios. Una escuela de esa índole, afirmaban los alumnos, sería poco más que “una escuela para educar a los desertores”. Lo que necesitamos, por el contrario, es extender la lucha por una sociedad sin fosos, ni en la escuela ni fuera de ella.
Ani Pérez
En marzo de 2024 Ani Pérez desarrolló un taller titulado “La educación antiautoritaria: mito y realidad” en el marco de las actividades organizadas por el Laboratorio Pedagógico PedaLAB dentro de Aprende, el programa educativo de La Madraza. También impartió la conferencia ¿Educar fuera del mundo? Una crítica a las pedagogías de la deserción en el marco de la Cátedra de Educación y Sociedad que podéis volver a disfrutar en este enlace: https://www.youtube.com/watch?v=bmn5YwjamsY