Carlos Cano nos dejó un 19 de diciembre del año 2.000: justo ahora se cumplen 25 años. Que ha habido un olvido institucional es algo fuera de toda duda, pero de lo que tampoco hay duda es de que su música ha permanecido en la memoria de un pueblo, se ha hecho necesaria y parte de la educación sentimental de varias generaciones. No solo no ha caído en el olvido, brotando con fuerza año tras año, sino que ha iluminado a muchos artistas de todo tipo, que apenas eran adolescentes cuando murió o que, en algunos casos, ni habían nacido y hoy se declaran seguidores y, a su particular manera, deudores de su obra.
Son numerosos los acercamientos a la obra de Carlos Cano, de diferente índole. Algunas bellísimas versiones, casi siempre de mujeres, que siguen la senda que trazó desde una perspectiva respetuosa y estilísticamente continuadora de su legado; este el caso de María Dolores Pradera, Pasión Vega, Clara Montes o Juanito Valderrama. Son solo algunos de los cientos de trabajos que demuestran la riqueza del cancionero de Carlos Cano y su absoluta vigencia.
No obstante, en estas líneas me gustaría fijarme en revisiones de las canciones de nuestro autor desde perspectivas más heterodoxas y, de entrada, alejadas de su universo estético pero que, desde una mirada amplia, aparecen ante nosotros como deudoras directas de su obra.
Históricamente la obra de Carlos Cano ha sido reducida y eclipsada por la copla, género que reivindicó y regeneró desde una nueva perspectiva y, qué duda cabe, esta es una de sus grandes aportaciones. Pero en su música coexisten muchas músicas, muchas de ellas muy cercanas a lo que se ha dado en llamar la música popular; hablo del pop, rock y todas sus músicas aledañas, lo que hace lógico que muchas de sus canciones hayan alumbrado e impactado a músicos de otros estilos y latitudes artísticas. Este es el objeto de esta reflexión, vamos a ello. Ya en su primer disco A duras penas, estaban seminalmente muchas de las intuiciones que desarrollará posteriormente, pero a nosotros nos llama especialmente la atención una rara perla titulada “Anochece”, que Carlos Cano escribe una noche que pasa en el calabozo arrestado por utilizar la palabra “obrero”. Se trata de un lamento con una progresión cromática descendente y mántrica que nos sumerge en un estado de ensoñación y delirio, algo que recuerda muchísimo a toda la música progresiva o psicodélica de la época ¿Influyeron en Carlos Cano grupos como King Crimson o The Doors? Sería atrevido afirmarlo, pero es incuestionable el parecido de la portada de este disco con In the court of Crimson King. Lo que no es cuestionable es que Tierra, el disco con el que mi grupo, El Hombre Garabato, homenajeamos a Carlos Cano, es deudor directo de esta canción y de su universo, y así la revisitamos, llevando al extremo estas influencias entre lo psicodélico y el noise.
En alguna ocasión El Niño de Elche ha manifestado el impacto que causó “A duras penas” en él. Ciertamente, oyendo algunas de sus canciones percibimos este ambiente psicodélico, en cierto modo onírico y con aire de lamento. Todo esto, unido al evidente influjo de Morente en él, queda más que justificada esta conexión. Es el caso de “Antes de”, que comparte con “Anochece” ese bajo descendente a modo de lamento y el ambiente nocturno y psicodélico.
Buenos amigos del Niño de Elche, Los Planetas, en su disco Las Canciones del Agua, incluyeron una versión de “La Morralla”, uno de los primeros acercamientos pop a la música de Carlos Cano, en la que los granadinos pasan por su reconocible estética este mítico tema y, además, J canta con un acento andaluz marcado, lejos del habitual español neutro de la mayoría de sus canciones. Por esta y otras razones, encuentro esta canción más cerca del universo sonoro de Grupo de expertos Sol y Nieve, el proyecto de J con Manu Ferrón. En cualquier caso, la revisión de este tema es acertadísima.
Carlos Cano buscaba contar historias para contarse a sí mismo. Crónicas Granadinas es un disco en el que, hundiendo sus raíces en la música andalusí, sirve al músico para hablar de sentimientos propios como la nostalgia o el exilio, el mismo dice así en su autobiografía El Color de la Vida: “Es un disco repleto de claves personales, más que históricas. Utilizo hechos históricos, pero solo para contar mi propia evolución”. En esta misma línea está compuesto el disco De luna y de Sol. Y en él hay una bellísima canción llamada “El Rey Al-Mutamid dice adiós a Sevilla” que habla de la partida, de la despedida. El grupo Califato ¾, grupo andalucista y de fuerte compromiso con la cultura andaluza, evidenciado en su transcripción fonética del modo andaluz de hablar o en su interés en reivindicar el cruce de culturas propio de nuestra tierra, tuvieron la audacia de samplear en su tema “Clabo y canela” parte de esta canción y construir sobre ella una obra cercana una obra al trip-hop en la línea de lo que ellos mimos llaman folclore futurista.
Carlos Cano buscaba con cada estilo expresar un sentimiento. En una entrevista para José Miguel López en su programa Discópolis, dice:
A mí me interesan el mundo mágico que puede haber detrás de la belleza evidente de Alhambra y, al mismo tiempo, me interesan las marías de las chirigotas del carnaval de Cádiz y me interesa Billy Holiday y me interesa Amalia Rodrígues, y la Paquera de Jerez y Mozart… y eso se ha reflejado siempre en mis discos porque es fruto de un estado de ánimo que lleva las riendas.
No son motivos de arqueología musical o comerciales, sino emocionales. Desde esta perspectiva es lógico que Carlos Cano buceara en multitud de géneros y estilos musicales que le servían para expresar diferentes emociones. En el disco Mestizo, Carlos Cano se mete de lleno en la música venida de América Latina y busca en ella todas esas conexiones que existen entre este lado del mar y aquel, lo que en el flamenco se ha llamado cantes de ida y vuelta, que “Vinieron como guajiras, sefueron como fandangos”. Uno de los grupos que más interés han tenido en estas músicas y en una actualización de las mismas han sido los granadinos Eskorzo. En concreto en el disco de versiones El Ombligo del Mundo, deciden ofrecer su propia versión de “Mestizo”, (canción incluida en el disco homónimo de 1992) pero convirtiéndola en una alegre, bailable y festivo merengue. También ellos recurren al recurso del sampler, con un emocionante fragmento de la voz de Carlos Cano.
Si buscáramos un patrón rítmico al que Carlos Cano vuelve obsesivamente es al llamado compás de habanera, un cadencioso y ondulante ritmo que encontramos en multitud de sus canciones y que conecta directamente con algunas músicas actuales cercanas al rock fronterizo de grupos como Calexico. Un buen ejemplo de ello es la revisión que realiza Quique González en su habitual estilo folk-rock incluida en su disco de versiones “Copas de yate” y que, partiendo de esta misma cadencia, se lleva el tema a otras latitudes, a otros horizontes sonoros.
El jazz es un género al que Carlos Cano se acercó en diferentes ocasiones, sobre todo sirviéndose de arreglos propios de este género basado en los ritmos sincopados y la improvisación. Es curiosa la versión que nos regaló en el disco La copla, memoria sentimental, de la copla “Tani”, con unos exquisitos arreglos propios de una banda de jazz de Nueva Orleans de los años 30. No es extraño que, muchos años más tarde, artistas como Giulia Valle se hayan atrevido a interpretar canciones de Carlos Cano desde este género, concretamente desde un jazz libre y contemporáneo, donde la artista y su banda juegan con las melodías de Cano y extraen de sus canciones estándares de jazz donde la banda se recrea de una manera maravillosa. Ejemplo de este atrevimiento y de este acierto es la canción “La murga de los currelantes” publicada en el disco Carlos Cano en clave de Jazz.
Sería muy atrevido decir que Carlos Cano ha influido en el mundo del rap, pero vamos a aventurar una suerte de hipótesis. Que el lector decida si es acertada o simplemente una ensoñación del que escribe.
Si hay un grupo que ha manifestado en numerosas ocasiones su deuda con el cantor granadino es Hora Zulú, especialmente su líder y letrista Aitor Velázquez. El grupo granadino practica un género que podríamos denominar como rap metal en la línea de Rage Against the Machine a la andaluza y comparten toda esta herencia que hemos comentado antes: fuerte raíz andalucista, música como denuncia y un acento deliberadamente granaíno. Pero me gustaría hablar de otro proyecto paralelo de Aitor, una de estas joyas que merecían más éxito del que han tenido. Hablo de Pangloss, un grupo de corte más experimental, cercano a veces al jazz y otras a un metal elegante que servía de sustento a las letras afiladas de su líder y vocalista. Este grupo tiene una canción llamada “El Rey de Plaza Nueva”, que precisamente habla de la devoción que el compositor profesa por Carlos Cano. Además, cita una canción “Moros y cristianos” donde el fraseo de Cano recuerda vivamente al modo en que los raperos construyen sus rimas. Sumando a esto que Aitor interpretaba esta canción en el concierto de homenaje que se le hizo a nuestro cantautor llamado “Girando con Carlos Cano”, tenemos más que razones para pensar que Carlos Cano también, de alguna manera ha influido en artistas de estos géneros urbanos.
Son cientos de referencias que se podrían hacer teniendo en cuenta la inmensidad de canciones que han sido versionadas desde diferentes ángulos, pero hay una que sin duda gana la partida por goleada. Hablo, por supuesto, de “María la Portuguesa”, la canción, con mucho, que más artistas de todo pelaje han llevado a su terreno. Y es que la canción lo tiene todo: una historia de amor y desamor, una trama misteriosa, una magnífica melodía, unos arreglos certeros…en fin, todo lo que una canción tiene que tener. Y es por eso que, durante todos estos años, ha seducido a multitud de artistas de todo pelaje que se han sentido concernidos por esta historia, y que han querido hacer la suya propia. Pasión Vega, María Dolores Pradera, Martirio, los Sabandeños, las Migas, Dani Martín, y un largo etcétera se han enfrentado a ella llevándola a su propio lenguaje. Pero aquí me gustaría resaltar algunas versiones que, por su audacia y originalidad, merecen nuestra atención y ponen de nuevo de manifiesto el impacto que la música de Carlos Cano ha tenido en estos 25 años. Enrique Urquijo y Los Problemas, el grupo paralelo a Los Secretos del mediano de los hermanos Urquijo, abordó la canción desde su propuesta nocturna, arrabalera, tan cercana al fado, a las rancheras y a la música de taberna, dándole un toque melancólico y verdaderamente emocionante.
Esta vez desde el gypsy swing, bebiendo del gigante Django Reindhart y del jazz de los años 30, los sevillanos Van Moustache se acercan a nuestra María, pero dándole un aire, en este caso más canalla y desenfadado, pero de una emoción también especialmente intensa.
Ya, para terminar, dos propuestas modernas y actuales, interpretadas por jovencísimas intérpretes. Y es que, como decía al principio, a Carlos Cano nadie lo ha interpretado como las mujeres debido, a mi parecer, al gran espacio que dejó en su música a su lado femenino, ese lado que todos los hombres tenemos y que solo hemos de saber descubrir. Como decía, son dos propuestas modernas, actuales, atrevidas y verdaderamente singulares.
La primera, la granadina María de Juan, intérprete que toma la tradición musical propia y la traslada a una nueva perspectiva, construyendo una especie de folclore actualizado desde el trap y la música electrónica. Desde esta perspectiva interpreta “María la Portuguesa” dotándola de una energía enigmática y dramática que suponen una interesantísima aportación al universo de Cano, como si la historia sucediera, más que en el borde del río, en un polígono industrial de madrugada, como si la contempláramos desde fuera, desde un lugar lejano.
En segundo lugar, una jovencísima cantante y compositora, Jimena Amarillo, caracterizada por una voz susurrada, el uso artístico y deliberado de correctores de afinación como Autotune y una mezcla brillante de tradición y modernidad. En este caso recrea la canción de Carlos Cano desde su estilo minimalista, generando una atmósfera íntima e introvertida, como si la historia de María aconteciera en nuestras ensoñaciones, más que en la realidad.
Una misma historia, contada de diferentes maneras y creando universos completamente diferentes, algunos más nocturnos, otros minimalista e íntimos, otros festivos y canallas. Es lo que tienen las buenas canciones.
Cuando Carlos Cano se fue, dejó las canciones y, ellas solas, con el solo impulso de su belleza, nos han ido alumbrado estos 25 años y muchos de nosotros, muchas de nosotras, hemos sentido la necesidad de recrearlas, de cantarlas con otro acento y desde otros universos, diferentes al suyo, pero fieles al impulso creador que las dio a luz. Que siga creciendo su legado.