(…) La sinopsis de LA HUIDA alinea el film con la tradición de parejas criminales que han alimentado el imaginario de Hollywood a lo largo de los años, de Los amantes de la noche (They live by night, Nicholas Ray, 1948) a El demonio de las armas (Gun Crazy, Joseph H. Lewis, 1950), hasta llegar a Bonnie y Clyde (Bonnie and Clyde, Arthur Penn, 1968), quizás el precedente más inmediato dela película dirigida por Sam Peckinpah. Apenas separadas por cuatro años,ambas obras han quedado como piezas importantes en la definición del llamadoNuevo Hollywood, que encuentra en LA HUIDA un perfecto ejemplo desendas ideas que irían floreciendo a lo largo de la década de los setenta. Porun lado, la posibilidad de controlar la realización de una película sin rendircuentas a los grandes estudios, levantando la producción desde First Artists,compañía que pertenecía a Steve McQueen, y de la que también formabanparte Barbra Streisand, Sidney Poitier, Paul Newman y Dustin Hoffman. Por elotro, la exhibición sin tapujos de la violencia, que sería asimilada progresivamentepor el cine mainstream. Y si las imágenes agresivas siempre jugaron unrol central en la filmografía de Peckinpah, la gradual aceptación de estas porpúblico y crítica puede hacernos comprender por qué se suele considerar queel director californiano fue uno de los “veteranos” que hallaron en este períodoun contexto renovado (y renovador), del que se beneficiaron a la hora deampliar el margen de maniobra que les permitía expresarse según sus deseos.De hecho, LA HUIDA debe ser entendida como el máximo exponente dela integración de Peckinpah en la industria, un pico inusualmente feliz en latrayectoria de un director que el mito ha dibujado casi siempre a cara deperro (y no faltaban fundamentos para ello). (…) El novelista Jim Thompson y Peckinpah comparten la afinidad por los registros con tendencia a lo bronco, además de una forma de plasmar la violencia que no pretende ahondar en sus causas o consecuencias (esto es, darle un sentido moral/moralista), sino que la trata como una materia consustancial a la vida de sus personajes, tan natural como el aire que respiran o el suelo por el que caminan. Así, resulta difícil imaginar un director más adecuado para convertir las secas y cortantes palabras del escritor en carne cinematográfica, pero el personal punto de vista que Peckinpah aportó a lo narrado en la novela ha sido comúnmente entendido como una concesión a los gustos del gran público. Esto se concreta, principalmente, en las notables diferencias que presentan sus respectivos desenlaces: en el tramo final del libro, y tras hacer atravesar a sus personajes un extenuante vía crucis, Thompson crea un epílogo de atmósfera irreal, que contrasta claramente con las páginas anteriores. En él, los protagonistas “Doc” y Carol se instalan en una colonia de prófugos y exiliados en México, regentada por un siniestro personaje llamado El Rey. Allí, la degradación que el matrimonio ha sufrido a lo largo del relato se hace explícita, y terminan conspirando para acabar el uno con la otra, sin molestarse en disimularlo (en ese sentido, es memorable el cínico brindis con que la pareja cierra la novela, muy acorde con el antirromanticismo cultivado por el escritor a lo largo de su carrera). La película, en cambio, abandona a la pareja después de atravesar la frontera mexicana, felices y con el botín en sus manos. Un happy end absoluto en el que la comercialidad va de la mano con cierta incorrección política, pues Peckinpah salva a sus criaturas del correctivo trágico (y moral) que parece ser norma en las historias de amantes criminales -el referente aquí sería, de nuevo, Bonnie y Clyde– y algo intolerable para la censura española, que en su estreno añadió una voz en off informando que “Doc” y Carol serían finalmente atrapados por la policía (…). El director también altera el matiz último que aportaba el guion escrito por Walter Hill, en el que un desconocido apunta a la pareja con su mano simulando una pistola, en un gesto a la vez lúdico y amenazante. Pero en el juego de oposiciones que propone la película quizás no haya otra más clara que la réplica en negativo a la sofisticación cool de los protagonistas que supone la pareja formada por el asesino Rudy y Fran. La extraviada relación entre el criminal traidor y su neumática y adultera consorte (no tiene ningún reparo en consumar la infidelidad frente a los ojos de su marido, rehén de Rudy) será la némesis que persiga, literalmente, a “Doc” y Carol. Esto será lo que nos dé la medida de hasta qué punto LA HUIDA sigue respetando el pilar de su materia prima literaria, anteponiendo la definición de la pareja a la peripecia delictiva. Sin escatimar las secuencias de acción pura (magnífica la que muestra el atraco al banco), Peckinpah parece disfrutar como nunca con las escenas de intimidad entre “Doc” y Carol: el anhelo por reencontrarse fuera de la cárcel, los nervios delhombre antes de acostarse con su esposa por primera vez en años, la complicidad que baña sus momentos más triviales (no debe sorprendernos que la química entre los actores cristalizase finalmente en una relación amorosa)… Todo ello entra en crisis cuando Carol confiesa haberse ido a la cama con el aceitoso Jack Benyon, como peaje para sacar a “Doc” de prisión. La desconfianza y resentimiento que impregnan al matrimonio a partir de entonces, obligados a avanzar en su fuga sin tener la certeza de que la relación siga teniendo sentido, plantea la duda de si LA HUIDA no sería en el fondo una revisión de Te querré siempre (Viaggio in Italia, Roberto Rossellini, 1954)amarrada al cine de género (…).
Texto (extractos):
Carlos F. Heredero, Sam Peckinpah, col. “Directores de Cine” nº 8, Ed. JC, 1982.
Gerard Casau, “La huida: los amantes criminales”, en dossier “Sam Peckinpah” 2ª parte,
rev. Dirigido, diciembre 2013