(…) JUNIOR BONNER se inscribe en la mejor tradición de films sobre el rodeo y posee dos ilustres antecedentes de los que recibe una cierta herencia y de los que prolonga un determinado enfoque vital: Hombres errantes (The lusty men, 1952) de Nicholas Ray y Vidas rebeldes (The misfits, 1961) de John Huston. (…) Tras el baile de zooms, pantallas partidas, ralentís y fotos fijas que acompañan sus títulos de crédito, JUNIOR BONNER se instala en una bella pero breve idea inicial, la de filmar al protagonista en coche por las carreteras estadounidenses, de vuelta a su hogar natal en la ciudad de Prescott, como si se estuviera filmando a uno de tantos cowboys o pistoleros del western que viajan a la deriva o con un destino fijado: cabalgar en solitario, solo que dentro de un coche en vez de a lomos de un caballo. Junior no tiene ataduras, pero sí gente por la que parar, por la que interesarse. En esto es radicalmente diferente a todos los personajes westernianos de Peckinpah. Padre (Ace: Robert Preston), madre (Elvira: Ida Lupino) y hermano (Curly: Joe Don Baker) conforman un agrietado núcleo familiar, pero es lo más parecido a una familia clásica que puede tener Junior; que puede tener cualquier personaje del cine de Peckinpah. Los momentos amorosos tampoco son instantes tomados al vuelo como en Grupo salvaje (1969) o Pat Garrett y Billy the Kid, aunque tampoco se construye una relación sentimental como en La balada de Cable Hogue. La historia de Junior con Charmagne (Barbara Leigh) es como una parada en el camino dentro de la gran parada en el camino que significa la estancia en Prescott para participar en el rodeo. A diferencia del Robert Mitchum de Hombres errantes, el protagonista de JUNIOR BONNER no regresa a casa en busca de sus raíces o porque ese es el final del trayecto, la vuelta (imposible) al hogar que tan bien describió Nicholas Ray a lo largo de su filmografía. Junior vuelve para demostrarse a sí mismo que aún puede realizar su última proeza (mantenerse sesenta segundos encima del toro salvaje) para después regresar a la carretera, aunque ahora importe relativamente poco cuál pueda ser su próximo e inmediato destino. (…) Ciertos momentos esbozan buenas ideas peckinpanianas de puesta en escena (el enfrentamiento inicial con las máquinas excavadoras que arrasan la vieja propiedad del padre de Junior, una especie de duelo entre una de las bulldozers y el coche de Junior construido a partir del montaje de planos generales y primeros planos y el uso del sonido) y, gracias a la convicción interpretativa de un gran Steve McQueen, arrastran al personaje de Junior Bonner hacia el territorio no exento de nostalgia, pero impregnado también de sentido pragmático de la existencia, de los que ya no pueden llevar la vida que llevaron (…). Una película, pues, indecisa en un momento particularmente crítico para la obra de Peckinpah: el western declinaba mientras aumentaban los problemas del director con la industria. Podríamos convenir finalmente que JUNIOR BONNER es por igual sedentaria y contemplativa, antes un relato liviano que un drama sobre la imposibilidad de seguir viviendo una forma de vida y seguir haciendo lo que uno desea hacer (…).
Texto (extractos):
Carlos F. Heredero, Sam Peckinpah, col. “Directores de Cine” nº 8, Ed. JC, 1982.
Quim Casas, “Junior Bonner: el último rodeo”, en dossier “Sam Peckinpah” 1ª parte,
rev. Dirigido, noviembre 2013