Tarde para la ira (2016)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

Introducción

Con Tarde para la ira (2016) finaliza el 3 de Abril de 2019, a las 21:00 horas, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario (Antigua Facultad de Medicina en Av. de Madrid), el ciclo CineClub Universitario Meets Festival Internacional de Jóvenes Realizadores (I). Dicha actividad cultural se enmarca en el XXV Festival Internacional de Jóvenes realizadores y está organizada por el Área de Cine y Audiovisual (Aula de Cine/Cineclub) y el Área de Humanidades (Aula de Literatura) de La Madraza.Centro de Cultura Contemporánea de la Universidad de Granada junto al Festival Internacional de Jóvenes realizadores. Las dos películas que componen este ciclo se proyectarán en versión original en español y la entrada a las mismas es libre hasta completar aforo.

La violencia como algo cotidiano

Debuta el policía amable de La isla mínima (Alberto Rodríguez, 2014) tras la cámara en Tarde para la ira, y la memoria del espectador con más recorrido fílmico no puede evitar encontrar alusiones a Sam Peckinpah en la crudeza con la que Raúl Arévalo plasma la violencia. En el cerrado y viciado mundo que construye en su primera película (ya que también es suyo el guión, coescrito junto con David Pulido), la violencia tiene un estatuto de naturalidad, de cotidianidad. Es tan común como respirar, parpadear o amar. De hecho, es la bomba hidráulica que bombea las acciones de todos los afectados, a los que cabría llamar víctimas.

Las complejas oscuridades humanas

No existen los verdugos o los criminales en un largometraje que muestra, como pocos últimamente, las complejas oscuridades humanas. Todo empieza con el asalto sangriento a una joyería y culmina, ocho años después, con una venganza a lo Perros de paja (Straw Dogs, 1971), con escopeta en ristre. En Sin perdón (Unforgiven, 1992), la obra maestra de Clint Eastwood, el exalcalde de Carmel enseñaba a sujetos que fanfarroneaban de sus crímenes y de su peligrosidad, sin percatarse de que el jinete más silencioso que trotaba a su vera era el más taimado, el más bellaco, el más sanguinario. Algo parecido sucede en Tarde para la ira: La mayoría de los rostros, incluido los femeninos, son secos y duros, pero solo el de José (Antonio de la Torre), el cliente del bar asiduo al mus, está verdaderamente esculpido en mármol. Repite el malagueño en su enésimo papel turbio, taciturno, uno de esos roles que le son tan habituales como para empezar a temer encasillamiento, y lo borda prodigiosamente. Posiblemente, la Torre sea el único intérprete español que sepa incomodar con sus silencios, con el taladro de su profunda mirada. José tiene, de entrada, todo el aspecto de ser un introvertido, un asocial, alguien con serias dificultades para relacionarse con el prójimo. Pero su rostro marmóreo no es más que el reflejo de su alma, abrasada por una implacable determinación. José espera con mayor fortuna que el teniente Drogo la llegada de los tártaros, y cuando finalmente los encuentra, no tiene reparos ni escrúpulos en ser consecuente con su devastador plan. A fin de cuentas, como le dirá a otro personaje, Curro (Luis Callejo), es alguien que no tiene nada que perder. Alguien, en resumidas cuentas, que no teme las consecuencias de sus actos porque solo vive con la obsesión de materializarlos, sin pararse a pensar que tras ellos vaya a haber algo más. Arévalo tiene el inmenso acierto de no juzgarle o compadecerle; tan solo se limita a arrastrar su cámara tras esta alargadísima sombra viviente.

El estilo de Arévalo es sobrio, seco, a veces bronco. Es muy adecuado para mostrar el yermo de unos paisajes pelados, poco atractivos, y también para retratar personalidades miserables, enquistadas en una rutina triste, aburrida. Todo se impregna de un olor y un sabor a barrio, a supervivencia, pero sin el toque final de la ley del más fuerte: En Tarde para la ira impera la ley del más salvaje.

Cierre

El título de la película es definitorio del producto. No solo alude al carácter extemporáneo de una venganza que, por su alevosía, se antoja ya cruel e inútil, desalmada, sino a su condición vespertina. Todo sucede en el transcurso de una larga tarde congelada en el tiempo, a la que le sigue, casi con estupor, una noche que parece estar de más, y que tan solo sirve para atisbar una feroz humanidad en José, como si la oscuridad arrojase un manto de desamparo sobre sus hombros y fuese el santuario íntimo para purgar las penas (que no para exorcizarlas).