Los mejores años de nuestra vida (1946)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

“Frank (Capra), George (Stevens) y yo hemos participado en la guerra. Y ha ejercido sobre cada uno de nosotros una influencia profunda. Sin esta experiencia no hubiera podido hacer mi película como la he hecho. Hemos aprendido a entender mejor el mundo… Sé que George no es el mismo desde que ha visto los cadáveres de Dachau. Nos vemos forzados a constatar que Hollywood no refleja apenas el tiempo y el mundo en el que vivimos”.

William Wyler

Introducción

Información complementaria al ciclo «Maestros del cine clásico (XI): William Wyler (2ª parte: los años 40)» que el Área de Cine y Audiovisual (Cineclub Universitario / Aula de cine) de La Madraza nos ofrece durante el mes de Febrero de 2020, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario, a las 21:00 horas. Las películas que componen este ciclo se proyectarán en versión original con subtítulos en español. Entrada libre hasta completar aforo. Recordamos que en la sala y durante las proyecciones, NO ESTÁ PERMITIDO comer ni hacer uso de dispositivos móviles. Os agradecemos vuestra colaboración.

Una perspectiva más madura de los conflictos bélicos

Las experiencias personales de Wyler durante los rodajes de Memphis Bell y Thunderbolt provocaron que el cineasta asumiera LOS MEJORES AÑOS DE NUESTRA VIDA con una perspectiva más madura, más a ras de tierra, de los conflictos bélicos. Hay en ella, prácticamente desde el primer momento, una empatía hacia los soldados y lo traumático de su experiencia que brillaba por su ausencia en La señora miniver y que aquí lleva al director a adoptar un tono, pese al optimismo con el que intenta impregnar el conjunto, mucho más grave y más angustioso. No hay más que comparar los encuadres de ambos largometrajes: frente al (continuo) juego con la profundidad de campo que hay en la obra más temprana, que permite respirar y deja margen a los actores para que puedan moverse dentro del plano, en su primera obra post-bélica encierra mucho más a los personajes -algo que forzó desde el momento en el que optó por construir platós de tamaño real-, los apelotona y, en cierta manera, los aprisiona. Lo que provoca el doble efecto de que se produzca una mayor calidez, una mayor cercanía entre ellos, y al mismo tiempo se transmita que los personajes principales, Al (March), Fred (Dana Andrews) y Homer (Harold Russell), se sienten incómodos, desplazados, dentro de una cotidianidad que, de golpe, y para su sorpresa, les resulta ajena.

Cierre: Sensación de desconexión

Wyler resume esa sensación de desconexión a través de una idea visual que reitera, con espléndidos resultados, al principio y al final del metraje. Si en el arranque de la historia, los protagonistas observan la llegada a su lugar de origen, la también ficcional Boone City, a través de la parte delantera de un bombardero -lo que adelanta lo que luego les ocurrirá a lo largo de la trama: que verán lo que antes les parecía normal desde la perspectiva de alguien afectado por sus experiencias bélicas-, en su clímax, Fred, el más desorientado de los tres exmilitares, se mete dentro de un avión de guerra a medio desmantelar y se aproxima, de nuevo, a su sección frontal -en este caso, sucia y arañada, detalle en absoluto gratuito-. Pero en ese momento, el director cambia de perspectiva y coloca la cámara en el exterior, acercándose después a él con un angustioso travelling que transmite toda la angustia y la desazón vital de un hombre perdido en el entorno civil, incapaz, pese a sus esfuerzos, de encajar.

Fuente: Cuaderno del ciclo Maestros del cine clásico (XI): William Wyler (2ª parte: los años 40).