Jezabel (1938)

Área de Cine y Audiovisual / Cine Club

Introducción

Con Jezabel (1938) el CineClub Universitario / Aula de Cine continúa su ciclo “Maestros del cine clásico (XI): William Wyler (1ª parte: la década de los 30)“. Dicho evento consistirá en la proyección de una selección de películas del mencionado director, desde el 26 de Marzo hasta el 12 de Abril, todos los martes y viernes, a las 21:00 horas, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario (Antigua Facultad de Medicina. Avda.Madrid). Las proyecciones se verán en versión original con subtítulos en español y la entrada a las mismas será libre hasta completar aforo.

Un vestido rojo

Jezabel se planteaba como alternativa a “Lo que el viento se llevó”, la novela, que ya había tenido un gran éxito, y mientras la película ya se estaba preparando. Un vestido rojo es el elemento que desata todo el conflicto en Jezabel. Un vestido rojo en una película en blanco y negro que sin embargo transmite todo el poder desafiante de un color que representa la pasión, la viveza, el reto, llamada de atención sobre la que fijar la mirada, sin necesidad de que la imagen pueda registrar gama cromática alguna. Un vestido rojo como pieza icónica para identificar el enfrentamiento a una sociedad de reglas estrictas, y el poder, la independencia y la determinación de una mujer en un mundo reglado principalmente por los hombres. No solo es uno de los papeles más identificativos en la carrera de Bette Davis, sino también una representación bastante ajustada de su imagen como actriz: Su fortaleza arrolladora, su capacidad para manejar su carrera y su entorno, también su resignación para sufrir y asumir las derrotas. El rojo del vestido que Julie (Bette Davis) decide llevar al baile, en un lugar en el que no se concibe otra cosa que un vestido blanco para una dama, es la representación de un enfrentamiento a toda una sociedad pero abordado casi como un juego: Julie piensa más en sentirse bien consigo misma que en romper ataduras atávicas; busca ser deslumbrante para el hombre que ama, antes que derrotar el rígido sistema para el cortejo que la sociedad sureña trata de mantener en pie como sea. Es 1852 en Nueva Orleans cuando comienza la acción de Jezabel, falta casi una década para el comienzo de la Guerra Civil, pero las diferencias de una sociedad atrapada en sus convenciones, la sureña, y otra más abierta y progresista, la de los Estados del Norte, ya se vislumbra. Un mundo en el que por cualquier comentario surge un duelo, como el de Buck Cantrell (George Brent), el hombre que se iba a casar con Julie, quien finalmente eligió a otro, a Preston Dillard (Henry Fonda), cuyo hermano Ted Dillard (Richard Cromwell) está dispuesto a ser padrino en el duelo.

Cuando Dillard va a buscarla para ir al baile, se produce un primer momento de tensión, al aparecer con el vestido rojo: “¿No será que tienes miedo de que alguien me insulte y tengas que defenderme?”, dice Julie agachando la cabeza en un gesto que describe a la perfección la ambigüedad, el doble juego entre la inocencia y la dominación que practica continuamente el personaje. La escena central del baile en el interior de un teatro comienza con un fastuoso recorrido de la cámara desde el escenario donde se sitúa la orquesta, por toda la pista de baile, bajo la enorme lámpara central, para describir luego en un movimiento lateral desde detrás de la orquesta y entre los bajos de los vestidos, la dimensión social y escénica de la velada. Todas las miradas se centran en el vestido rojo, con más o menos disimulo, mientras Julie y Preston van avanzando, y la tensión va creciendo hasta que se ponen a bailar, y poco a poco las otras parejas se van retirando, haciéndoles el vacío, hasta que se quedan solos en la pista. Preston se decide a apoyarla, o a humillarla, según se mire; incluso cuando ella empieza a flaquear, él le conmina a seguir bailando a pesar de que la situación es insostenible. La cámara a la altura de los bajos del vestido reafirma la soledad de la pareja mientras al fondo todos observan. Incluso cuando la orquesta deja de tocar, Preston le obliga a que sigan. Pero lo que parece ser un gesto de apoyo a Julie se convierte en el comienzo de un distanciamiento irreversible.

La ilusión de una segunda oportunidad

La segunda parte del film, un año más tarde, presenta a Julie recluida, llevando una vida retirada en el campo y sin tener noticias de Preston. Como la Scarlet O’Hara de Lo que el viento se llevó (Victor Fleming, 1939), Julie tiene que cargar con el revés que el destino reserva para sus actitudes caprichosas y sus manejos. Parece dispuesta a asumir sus errores. Todo cambia cuando se entera de que Preston va a visitar a la familia con sus amigos de siempre. Julie revive e inicia un nuevo impulso de conquista: Su nerviosismo al intentar arreglar las flores, el magnífico plano ante tres espejos que parecen reflejar las diferentes caras de una personalidad compleja: Wyler continúa llenando cada plano de expresividad en su composición. Preston llega acompañado por su propia esposa y Julie vuelve a derrumbarse.

Cierre

El título del film alude a un personaje bíblico castigado por su maldad y al entorno de Julie llega una plaga, la fiebre amarilla, que le brindará la ocasión de sacrificarse por amor, o concediéndose la última oportunidad de vivir por un instante el amor que siempre persiguió: Julie pide a la esposa de Preston ser ella la que le acompañe al lugar al que llevan a los contagiados, para cuidarle y probablemente sucumbir a su lado. Con todos sus errores y calculadas maniobras, Julie vuelve a ser dueña de sus decisiones.