Esos tres (1936)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

Introducción

Con  Esos tres (1936) el CineClub Universitario / Aula de Cine continúa su ciclo “Maestros del cine clásico (XI): William Wyler (1ª parte: la década de los 30)“. Dicho evento consistirá en la proyección de una selección de películas del mencionado director, desde el 26 de Marzo hasta el 12 de Abril, todos los martes y viernes, a las 21:00 horas, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario (Antigua Facultad de Medicina. Avda.Madrid). Las proyecciones se verán en versión original con subtítulos en español y la entrada a las mismas será libre hasta completar aforo.

La obra teatral que inspiró Esos tres

Ninguna de las sociedades pasadas, presentes, y nos tememos que tampoco las futuras, se ha librado de la hipocresía. Los Estados Unidos no son para nada la excepción a la regla. En este sentido es interesante notar cómo cuanto se podía representar sobre un escenario podía resultar prohibido en las pantallas, aunque, cierto es, la pieza teatral de 1934, “The Children’s Hour”, bien puede calificarse de pre-code. Sea como fuere, en su primera obra, Lillian Hellman jugó con dos tramas destinadas a entrecruzarse: Por un lado, la evidencia de cómo una calumnia puede destruir no tan solo las reputaciones personales o profesionales de algunos sujetos sino también jugar con sus vidas, como denuncian las protagonistas, esto es, hundirlas para siempre. Pues -y ahí está el segundo frente-, cada carácter reaccionará de modo distinto, desarrollándose así en los personajes diversas posiciones ante esa situación que les desborda y aniquila. Así, nuevamente, la hipocresía hace acto de presencia cuando una comunidad “bien pensante” condena las supuestas “desviaciones” de algunos de sus miembros. En 1934, Lillian Hellman introduce (con escándalo) el término lesbianismo. Pero para aquella sociedad tan puritana de puertas afuera, una mujer libre tomando la iniciativa, defendiendo sus propias ideas y viviendo su propia vida era considerada lesbiana o prostituta.

Tales modos de pensar -y actuar- se asociaban a “virtudes” masculinas, en tanto que a ellas se les exigía sumisión y una actividad mental cercana a cero. Por ello, dos maestras que abren una escuela -auxiliadas por la tía de una de ellas cuyo carácter es pura escoria-, ya despertaban de inmediato las sospechas, aunque no se insinuara nada, aunque, literalmente, nada hubiera ocurrido. Y no solo eso. Samuel Goldwyn, el productor de Esos tres (1936), se vio forzado por el código Hays a no emplear el título original ni publicitarlo en la película.

Un triángulo inverosímil

La denuncia se hace cuchicheando, vemos los labios moverse, pero nunca sabremos qué se dice. Inevitablemente, en Esos tres, el resto resultará bastante incomprensible. Por ejemplo, la escena (dos puntos absurda) en la feria, cuando Karen (Merle Oberon) no se entera ni a la de tres de los intentos de Joseph (Joel McCrea) por declararse. De hecho, ese estar “más allá del mundo” no deja de sugerir su escaso interés (sexual) por el galán. Eso si, cuando recibe el mensaje le besará apasionadamente. Nos encontramos al inicio de la historia y una -extraña- heterosexualidad se ha apoderado de ella, alcanzando también a Martha (Miriam Hopkins), secretamente enamorada de Joseph, tercer vértice de un triángulo notablemente inverosímil. Martha no duda en confesarle a Karen: “Le he querido desde el primer momento en que le vi”. Su demostración propone una de las mejores secuencias del film: Su mirada, entre la melancolía y la tristeza, dirigida a un Joseph dormido en el sofá esperando a Karen… rubricada por su sofocado sollozo tras enterarse -por él- de que ambos se casarán. Naturalmente, encontraremos descosidos y pistas que no encajan, como el beso de Martha a Rosalie (Marcia Mae Jones), la niña manipulada, al despedirse. O esas crípticas palabras que envía a Karen conminándola a casarse con Joseph, rogándole que no se preocupe por ella pues “es feliz”. Mensajes dentro de una botella que a la postre acaban por crear confusión. Eso sí, la calumnia urdida por Mary (Bonita Granville), una odiosa, egoísta y repelente adolescente, resulta magnífica en su monstruosidad, implicando a su abuela Amelia (Alma Kruger), cuya estrechez de miras corre pareja con la moral tan “pelada” como “elevada” del juez (Frank McGlynn Sr.), quien condena firme y ruborosamente escandalizado a las dos maestras.

Cierre

El código Hays exhibió todo su músculo y energía entre 1934 y 1956. En 1962, con La calumnia (The Children’s hour), Wyler dispuso de una oportunidad única de la que han disfrutado pocos cineastas: Rehacer (con más libertad) un film propio antaño víctima de la coerción de la férrea censura. No es el único realizador que ha ejecutado un remake de un título suyo, pero en su caso ese retorno obedeció a razones de insatisfacción personal, a no haber podido plasmar pertinentemente el potencial de crítica social de la pieza de base debido a la presión insorteable de la censura, que en 1936 no le permitió ir más allá en su alegato contra el puritanismo planteado por Lillian Hellman.