Desengaño (1936)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

Introducción

Con Desengaño (1936) el CineClub Universitario / Aula de Cine continúa su ciclo “Maestros del cine clásico (XI): William Wyler (1ª parte: la década de los 30)“. Dicho evento consistirá en la proyección de una selección de películas del mencionado director, desde el 26 de Marzo hasta el 12 de Abril, todos los martes y viernes, a las 21:00 horas, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario (Antigua Facultad de Medicina. Avda.Madrid). Las proyecciones se verán en versión original con subtítulos en español y la entrada a las mismas será libre hasta completar aforo.

Una complicada convivencia

Tras dos décadas al frente de sus empresas, Sam Dodsworth (Walter Huston) abandona el mando de sus empresas automovilísticas. Unos planos generales de este tomando como fondo el escenario exterior de sus fábricas nos lo muestra abatido, sintiendo la despedida de sus empleados. El ahora jubilado se siente un hombre inútil, aunque por su condición de norteamericano chapado a la antigua decide no aceptar nuevas ofertas laborales, optando por realizar un largo viaje vacacional por Europa, acompañado por su esposa –Fran (Ruth Chatterton)-. Esta es una mujer dominante, aún atractiva en su madurez, hastiada de haber permanecido en un entorno opresivo en el que siempre se ha encontrado incómoda. De hecho, las personas cercanas a su marido no dejan de intuir que no ha sido precisamente la compañía más adecuada para este. El viaje quizá no suponga para Sam más que una aparente huida sin sentido, pero para su esposa se revelará como el descubrimiento de un nuevo mundo, definido por aduladores galanes que para ella se expresan como espejismos de aquello que jamás ha encontrado en su esposo. Pese a la astucia de Sam en saber desmantelar la falsedad de dichos romances -que en realidad no buscan más que la considerable posición económica de Fran-, la estancia en París revelará la fragilidad de las relaciones que pese a todo han mantenido al matrimonio Dodsworth durante dos décadas. Su amistoso encuentro con el atildado barón Kurt Von Obersdorf  (Gregory Gaye), posibilitará en ella la oportunidad de experimentar una nueva vida, y solicitar de su esposo que se separe de ella. Vana pretensión. Aunque el paciente Sam acceda a la petición e incluso regrese a Estados Unidos, no será mucho el tiempo transcurrido que determine el fracaso del deseo de su esposa, aunque para él suponga -inadvertidamente- la posibilidad de una segunda oportunidad en su existencia. En un nuevo viaje hasta Italia, volverá a encontrarse con una mujer aún joven con la que entabló cierta relación amistosa en su primer viaje por barco. Se trata de la lúcida Edith Cortwrigth (Mary Astor). Será la bondadosa y moderna personalidad de esta quien permita insuflar optimismo al abatido Sam, mientras comparte con ella su apacible mansión alquilada en Nápoles. Con ello, descubrirá un pequeño paraíso existencial que se verá bruscamente interrumpido por la llamada lastimera de Fran, quien se mostrará arrepentida ante su petición de divorcio. Pese a las indicaciones de Edith, Sam volverá al regazo de su esposa, quien se mostrará con él más dominante y castrante que nunca. Será la catarsis que el antiguo industrial necesitará para reconocer que -al igual que su propia esposa le había comentado anteriormente-, la convivencia entre ambos sería imposible en el futuro.

Sacar a la luz estereotipos sin fundamento

Desengaño acierta en la plasmación en la pantalla de una serie de elementos de índole psicológica y moral, expuestos con una franqueza y sinceridad admirable y, sobre todo, ofreciéndolo con una mirada cinematográfica desprovista de efectismos y también de resabios teatrales. Cierto es que la base argumental se prestaba para un resultado óptimo -basado en una novela del premio Nobel norteamericano Sinclair Lewis, lúcido analista de la sociedad de EE.UU. de principios de siglo, algunas de cuyas adaptaciones cinematográficas fueron la base de títulos remarcables como Ana Vickers (Ann Vickers, John Cromwell, 1933) o El fuego y la palabra (Elmer Gantry, Richard Brooks, 1960)-. Sin embargo, no conviene olvidar que dicho planteamiento se basa a partir de la obra teatral de Sidney Howard, aspecto este que Wyler logró plantear visualmente con acierto. Lo permite en la medida que no pone en práctica enfatismos y subrayados habituales en otros exponentes de su cine, y prefiere en este caso dejar fluir la película con sobriedad, basando su desarrollo en una espléndida dirección de actores, que tiene en Walter Huston su exponente más valioso. A partir de esta elección dramática, la película resulta muy atractiva en su descripción de esa burguesía norteamericana que se ha desarrollado con una ascendencia rural y provinciana, en su contraste con esos mitos siempre tan valorados por el norteamericano medio, como son esa cultura, nobleza y tradición procedente de la vieja Europa. En este sentido, hay que reconocer que ambos contextos son sometidos por una mirada cáustica que no deja de valorar los aspectos más opresivos que para el individuo pueden presentar dos modos de entender la vida. Ni la seguridad del progreso  demostrativa de los Dodsworth ni, por supuesto, las correctas maneras o la anacrónica representación de la aristocracia que, por otro lado, fascina a Fran, en realidad son más que dos estereotipos sin fundamento, que se han erigido como paradigmas de comportamiento social, pero que en realidad no existen más que para ahogar la libertad del individuo. Todo este fresco social, alcanza a ser plasmado en la pantalla por William Wyler con una lucidez y un pudor emocional infrecuente.

Cierre

Desengaño propone una reveladora mirada que aún permanece vigente sobre la hipocresía de unos modelos morales y de convivencia, mantenidos durante no pocas generaciones dentro del comportamiento burgués, conservados incomprensiblemente por nuestra propia colectividad para soterrar la realización individual del ser humano.