Mario Maya y Camelamos Naquerar: estética, artes visuales y memoria activa

Escrito por
Miguel Ángel Moreno Carretero

Miguel Ángel Moreno Carretero

La obra Camelamos Naquerar ocupa un lugar central en la historia del flamenco contemporáneo y del teatro-danza español de finales del siglo XX. Estrenada en la Universidad de Granada en 1976, en un contexto de apertura política todavía frágil, la pieza dirigida y coreografiada por Mario Maya supuso una inflexión decisiva tanto por su planteamiento estético como por su explícita voluntad de reconocimiento del sufrimiento histórico del pueblo gitano. Lejos de una aproximación folclorista o costumbrista, Maya construyó un dispositivo escénico moderno, austero y profundamente simbólico, donde el cuerpo se convierte en lugar de memoria y en agente crítico.

Desde el punto de vista formal, Camelamos Naquerar articula una dramaturgia que combina danza, palabra, música y silencio, generando una poética del despojamiento que intensifica el contenido político de la obra. El flamenco deja de operar exclusivamente como lenguaje expresivo para
adquirir una dimensión discursiva: el baile no ilustra un relato, sino que lo encarna. Esta concepción del cuerpo como archivo histórico conecta a Mario Maya con corrientes contemporáneas del teatro político andaluz —como La Cuadra de Salvador Távora, fundada en 1971—, al tiempo que mantiene una
fidelidad radical a la raíz flamenca. En ese mismo periodo se publica el disco Persecución de Juan Peña “El Lebrijano”, y en el campo de las artes plásticas el proyecto Estampa Popular, aunque fundado una década antes, adquiere especial relevancia en Sevilla y Córdoba por su denuncia de la represión y las desigualdades sociales.

La potencia estética de la obra trascendió rápidamente el ámbito teatral. Su inclusión parcial en la película Flamenco(1995), de Carlos Saura, confirma el valor visual de Camelamos Naquerar y su capacidad para dialogar con el lenguaje cinematográfico. En este contexto, el fragmento coreográfico no funciona como documento etnográfico, sino como imagen autónoma: una síntesis de ritmo, gesto y sentido que Saura reconoce como parte esencial del imaginario flamenco contemporáneo.

Uno de los rasgos más singulares de la trayectoria de Mario Maya es su relación constante con las artes visuales. Esta vinculación no se limita a colaboraciones puntuales, sino que forma parte estructural de su pensamiento artístico. Ejemplo de ello es el cartel diseñado por Eduardo Arroyo en 1983 para el espectáculo Ay Jondo, presentado en el Théâtre Silvia Monfort de París. Este diálogo interdisciplinar se amplía con artistas como Rafael Canogar y con experiencias performativas desarrolladas en contextos menos institucionales.



Resulta especialmente significativa la acción realizada junto a la artista alemana Barbara Pflanz, amiga del bailaor, quien lo invitó a bailar sobre planchas de metal de cuatro metros cuadrados.



Concebida como acción performativa, la experiencia dio lugar a un grabado de grandes dimensiones expuesto recientemente en el marco de la I Bienal de Flamenco de Granada. En esta acción, el cuerpo deja una huella física sobre la materia, convirtiendo el movimiento en inscripción y la danza en rastro tangible. La operación sintetiza de manera ejemplar la concepción de Maya del baile como gesto que atraviesa disciplinas y soportes.



La biografía de Mario Maya ayuda a comprender esta sensibilidad híbrida. Criado en el barrio gitano del Sacromonte, su infancia estuvo marcada por la precariedad y el contacto directo con espacios populares. Un encuentro temprano con la pintora inglesa Josette Jones resultó decisivo: la artista ganó un premio con un retrato del joven bailaor y donó el importe para que pudiera trasladarse a Madrid y formarse a comienzos de los años cincuenta. Esta conexión inicial con el mundo de las artes visuales contribuyó a que su mirada sobre el flamenco se alejase de modelos tradicionales y se abriera a una concepción contemporánea e interdisciplinar.

En este sentido, Camelamos Naquerar no solo debe entenderse como una de las primeras obras flamencas que abordaron de forma explícita la persecución histórica del pueblo gitano, sino como una propuesta estética capaz de traducir ese conflicto en una forma escénica moderna. Mario Maya
evitó el sentimentalismo y la ilustración literal, optando por una estructura simbólica que interpela al espectador desde la emoción contenida y la reflexión crítica.

La influencia de Mario Maya se extiende a generaciones posteriores de bailaores y coreógrafos que han encontrado en su trabajo un modelo de rigor ético y experimentación formal. Su manera de concebir el cuerpo como territorio político y como espacio de cruce entre memoria, identidad y contemporaneidad sigue siendo una referencia ineludible.

Revisitar hoy Camelamos Naquerar no es un ejercicio de nostalgia ni un mero acto de memoria histórica, sino un reconocimiento activo de una obra que continúa interpelando a la sociedad contemporánea. Los ecos de la discriminación que la pieza denuncia siguen presentes, lo que convierte su vigencia en una cuestión no solo artística, sino también política. La obra de Mario Maya permanece viva como ejemplo de cómo el flamenco puede ser raíz, forma y pensamiento crítico a la vez.

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