La biblioteca y el jardín, vínculos posibles

Escrito por
Michèle Petit

El pasado 20 de mayo tuvo lugar la última sesión de la segunda edición del seminario «Un principio de Biblioteca»[1] con la participación anunciada de Daniel Goldin y Michéle Petit. Pero Michèle esa tarde no pudo participar por una indisposición de voz y tuvo la gentileza de enviar el texto que sigue para poder compartirlo con lxs asistentes. En esa sesión Javier Pérez Iglesias, quien dirige este seminario junto a Andrea Reed-Leal, puso voz a las ideas y experiencias que Michèle quiso traernos.

Quisiéramos agradecer desde La Madraza y Casa de Porras, donde tiene su sede la Biblioteca Popular Federico García Lorca desde la que se impulsa «Un principio de Biblioteca», a Andrea, Javier y Michèle su generosidad y entrega a este encuentro entre libros y amigxs, sea en un jardín, bosque o en la pequeña biblioteca popular que se abre y comparte en el Albayzín.

20/5/2026

Michèle Petit[2]

¡Buenas tardes! Antes que nada, quisiera agradecer a Javier Pérez Iglesias, Andrea Reed-Leal y Antonio Collados, no sólo por invitarnos, sino también por darnos la oportunidad de descubrir un poco lo que están desarrollando en Granada. De conocer estos «espacios siempre haciéndose, nunca finalizados», en palabras de Antonio, como esa increíble Casa de Porras que descubrí leyendo los boletines que él nos mandó[3]. A menudo tuve la oportunidad de narrar lo que aprendí en América Latina, pero quizá no haya comentado lo suficiente los descubrimientos que hice en España, trátese, por ejemplo, de la maravillosa experiencia de Leer juntos en Aragón, del Maratón de cuentos en Guadalajara con la gran inventiva de Blanca Calvo, de juezas y jueces para la democracia, de esta casa en Granada, de otros muchos…

En esta época tan brutal, donde tenemos la impresión de que la pulsión de muerte y el odio van creciendo cada día, lo único que me da un poco de esperanza, o mejor dicho que me permite respirar, es que exista gente como ustedes que experimentan, que inventan día tras día espacios de hospitalidad, donde compartir sueños, pensamientos, saberes, proyectos, «obras que son amores», como lo escriben. Aprender de ustedes es una suerte; descubrir que en todas partes existen tales espacios, cada uno con su estilo particular, su arte propio de crear sociabilidades amistosas, amorosas, es una suerte.

También quisiera agradecer a Daniel Goldin por todo lo que me ha regalado a lo largo de los años, por la oportunidad de regresar a América Latina donde había vivido en mi adolescencia, por dar a conocer mis estudios en todo el mundo hispanoparlante, por lo que me enseñó desde hace décadas, por su pensamiento muy libre y su creatividad increíble.

Biblioteca y jardín, sobre ese tema la conversación entre nosotros data de muchos años. Cuando conocí a Daniel Goldin, le había hablado de una biblioteca que descubrí en Bogotá cuando tenía trece o catorce años. Era toda en ladrillos rojos y sus ventanales daban a unos jardines interiores. Entre los libros crecían plantas y flores y yo, sentada en el suelo, hojeaba las colecciones del National Geographic Magazine, deslumbrada frente a fotografías que me presentaban un mundo «natural» tropical que me fascinaba. Había un jardín en el corazón de la biblioteca, y otro en el corazón de la revista. Esa fue mi experiencia inaugural de una biblioteca.

Muchos años después, al escuchar a personas de todas las edades que frecuentaban las bibliotecas, rápidamente me di cuenta de que no sólo buscaban materiales que les permitieran adaptarse mejor a las exigencias de la escuela o de su trabajo. También trataban de proteger un jardín donde pasear y curiosear. Lo esencial inútil, habría dicho Calaferte[4]. Y hablar de la biblioteca como un jardín fue para mí una oportunidad de recordar que lo utilitario no nos basta, que somos quizá ante todo animales poéticos, como traté de recordarlo en Los libros y la belleza[5]: «ante todo» puesto que los humanos han creado obras de arte mucho antes de inventar la agricultura o el dinero.

Sin embargo, también tengo en la mente algo que escribió Floriane de Rivaz, una joven bibliotecaria, en su tesis titulada «Bibliotecas y jardines: ¿cuáles son las alianzas posibles?»[6] La cito: «la alegría del jardinero es ¿la de crear algo hermoso, de producir algo útil, o simplemente de trabajar con la naturaleza para hacer crecer algo? (…) Es muy difícil e innecesario separar lo útil y lo agradable en el jardín.» Igualmente, difícil, y también innecesario separar lo útil y lo agradable en la biblioteca. 

Al leer su tesis, al conversar con Daniel, al descubrir los documentos que ustedes nos mandaron, entendí que las alianzas entre jardines y bibliotecas eran múltiples, que por ejemplo eran «espacios de cuidado» «donde la vida se deja ver crecer», como lo escriben nuestros huéspedes tratando de pensar la biblioteca a partir de María Zambrano.

Me gustaría contarles un otro recuerdo, en el Jardin des Plantes, en París, hace unos pocos años. Es un jardín botánico abierto al público desde hace 400 años. Allí se cultivan árboles y plantas de todo el mundo, algunos de las cuales son «stars», como un maravilloso cerezo de Japón, una esplendidez durante su floración. Me gusta mucho pasearme por ese jardín desde la infancia, cuando iba en compañía de mis padres. Ellos compartían el asombro ante árboles y plantas de los cuatro rincones de la tierra. Una inmensa curiosidad por lo que estaba allí. Ese mundo tan extraño, tan bello, tan frágil.

Esa misma curiosidad, la veía, muchos años después, en los rostros de aquellos que se paseaban por el Jardín des Plantes, que iban de un árbol a otro, de una planta a otra, asombrados, como mis padres en mi infancia, atentos a cada planta, en su singularidad, buscando saber más, leyendo sus nombres con gran deseo sobre unas pequeñas pancartas discretas. Sus rostros eran hermosos, la belleza de la felicidad de aprender, cuando el saber no te mira por encima del hombro.

Había conversado con Daniel Goldin justo después de mi paseo. Y hablemos de jardines, me contó de un nuevo proyecto suyo, Jardín LAC Vizcaínas, en la Ciudad de México, y es éste que va a abrir en estos días al público.

Cuando recibí las fotos que Daniel me envió, me alegró mucho descubrir que en el Jardín LAC Vizcaínas había un patio, y en el centro del patio un árbol que estaba allí desde hace mucho tiempo. Me enteré por él que era ¡un esqueje del Roble de Guernika! Frente al roble, gradas, un poco como en un teatro antiguo, solución arquitectónica hábil para conectar los niveles. Daniel me comentó: «Aunque no es del todo verdad, yo digo que las gradas se hicieron para observar al árbol y entablar comunicación con él.»

Me encantó, no sólo porque venía como en eco a mi recuerdo de la biblioteca en Bogotá cuando era niña. Un roble estaba allí, simplemente, en el corazón de una biblioteca, no a manera de decorado sino con plena presencia.

Tal como el jardín, quizá la biblioteca sea hoy en día un espacio que propicie una alianza entre cultura y naturaleza, después de milenios en los que se pensó, en Occidente, la una en oposición a la otra. Al mirar estas fotos con el árbol, me venía a la mente lo que algunos lectores me habían contado. Varios, a ambos lados del Atlántico, habían comparado espontáneamente la lectura con una cabaña en un árbol, o se habían acordado de que de niños, un árbol había sido su lugar de predilección para sumergirse en un libro. Otros recordaban que leían a la sombra de un frutal. Como si existiera de larga data una connivencia entre los árboles, con su presencia amical, protectora, y los lectores.

El roble me encantó, como me encantó el hecho de que durante el primer acto público, todos hayan contribuido a sembrar hierbas aromáticas y verduras que están allí, alrededor del patio. O sea que este lugar no sería algo que te mira desde arriba y te intimida. Sería algo que se hace juntos, a lo que se podrá contribuir, cada uno a su manera, a partir de una curiosidad, de una atención, de una pregunta. De lo que se ha tenido la suerte de aprender, de experimentar. Ya en la Biblioteca Vasconcelos, Daniel se había preguntado «qué saben los que no saben». Es algo que preocupa también a las personas que dirigen y trabajan en la Casa de Porras: «Qué saben quienes se supone, no saben nada» – y a menudo es como si ambos hubieran dialogado sin que lo sepan. Daniel sintió que ahora las personas tenían que ser coautores de lo que se proponía, lo que, en tiempos de la Vasconcelos, tomó múltiples formas. Como ocurre en la Casa de Porras.

En el patio el color verde domina, sin ser exclusivo. Verde de las plantas, también de las sillas o sillones. Y verde de los balancines, esos sillones de jardín suspendidos donde uno puede mecerse, solo o en buena compañía. Te protegen y te embarcan. Como un buen libro.

En las salas adyacentes, sofás de diferentes colores dan la idea de que no hay que fundirse en un modelo único. Y que uno puede, de nuevo, revolcarse, abandonarse, mientras que en la mayoría de las sillas en los espacios públicos, el cuerpo sufre tanto…

Milenios de cultura contra la naturaleza, y contra el cuerpo. Sí, el cuerpo ha sido durante mucho tiempo lo olvidado, lo impensado de muchas bibliotecas y de muchos trabajos sobre la lectura, reducida a una actividad mental cuando es una actividad psíquica la que está en juego — que implica de manera inseparable el cuerpo y la cabeza. Más ampliamente, en Francia más que en otros lugares, me parece, la ruptura ha sido duraderamente consumada entre el mundo de la razón, del intelecto, y el de la sensibilidad. Por ejemplo, se ha estudiado la literatura durante mucho tiempo de manera ascética, como algo que no se vive, no se experimenta, no se siente. Algunos enfoques incluso han buscado maximizar la distancia con el cuerpo, repudiar toda emoción. El puritanismo no solo toma la forma de la censura. Del cuerpo de los lectores y de los usuarios de las bibliotecas, no se ha querido saber nada durante mucho tiempo.

Las cosas han cambiado, incluso se ha podido hablar en las últimas décadas, a propósito de la escuela o de las bibliotecas, de un retorno de lo sensible, de lo sensorial. La arquitectura y los muebles de muchas bibliotecas recientes son hospitalarios, a menudo incluyen elementos vegetales. Y en muchos lugares, mujeres y hombres inventan, día a día, todo un arte de compartir donde el cuerpo está presente. Ya sean profesores, bibliotecarios, escritores, artistas, libreros, booktubers… ellas, ellos, acompañan a niños, adolescentes, padres, en el descubrimiento de obras, porque están convencidos de que la literatura, el arte, la ciencia allá donde es poética, son vitales, simplemente, más aún en estos tiempos tan brutales donde la salud mental de los jóvenes está tan dañada, particularmente la de las y los jóvenes. Aún en estos tiempos tan brutales donde la salud mental de los jóvenes está tan dañada, particularmente la de las jóvenes.

En pocas palabras: en el corazón de cada una, cada uno de nosotros, quizás haya un jardín, su recuerdo. Pero para muchos el jardín interior está amurallado, si es que alguna vez existió, y parece muy difícil encontrar su rastro. Para otros, existe una entrada, pero está disimulada, hay que ayudarles a encontrarla. Y aquí están las bibliotecas, los libros y el arte para facilitar ese encuentro.


[1] Toda la información del programa en: https://lamadraza.ugr.es/evento/un-principio-de-biblioteca-entrar-al-bosque/

[2] Antropóloga, Ingeniera de investigaciones honoraria del Centro nacional para la investigación científica (París, Francia).

[3] Boletines de Casa de Porras-¡En obras te veas!: https://casadeporras.ugr.es/programa/en-obras-te-veas/

[4] Étapes. Carnets VII, París, L’Arpenteur, 1997, p. 150.

[5] Los libros y la belleza, Kalandraka, 2023.

[6] Floriane de Rivaz, Bibliothèques et jardins : quelles alliances possibles ? , Mémoire de fin d’étude du diplôme de conservateur, Lyon, ENSSIB, 2015.

http://www.enssib.fr/bibliotheque-numerique/documents/65107-bibliotheques-et-jardins-quelles-alliances-possibles.pdf

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