(…) Años 1880-1890. Thomas Alva Edison y George Westinghouse compiten en una carrera para ayudar a crear el mundo moderno. Del vapor a la electricidad. Westinghouse ha desarrollado las capacidades del gas natural y, también, la del freno neumático, algo que revolucionará la tecnología del ferrocarril. Edison, años antes de entrar en otra guerra, la de las patentes cinematográficas, inicia su conflicto en la denominada “guerra de las corrientes”: la continua o la alterna. Esto les enfrenta. Representan dos polos científicos (y empresariales) distintos. Nikola Tesla, otro visionario, comienza a trabajar para Edison. Los inventos se suceden a una velocidad pasmosa: roscas de bombillas, arcos voltaicos, gramófonos, la silla eléctrica, el motor polifásico diseñado por Tesla para la creación de luz y energía… Pero no es una carrera hacia la modernidad limpia de polvo y paja. Edison se obsesiona en demostrar de qué manera es peligrosa para los humanos la corriente alterna que han desarrollado y patentado los investigadores de Westinghouse, pero no pone reparos en vender al Estado la silla eléctrica que, en un principio, debe hacer menos cruel para los condenados a muerte la ejecución de la pena máxima… hasta que el primer hombre achicharrado en la silla eléctrica se calcina en vida y muere entre convulsiones de dolor. LA GUERRA DE LAS CORRIENTES es también una guerra sobre la moralidad en unos tiempos – los retratados tan bien por Orson Welles en El cuarto mandamiento donde la modernidad se cobró muchas víctimas-. Y es, igualmente, un film extraño.
De su director, Alfonso Gómez-Rejón, poco sabíamos antes: muchos episodios para series de televisión y una pequeña y nada desdeñable película galardonada en Sundance, Yo, él y Raquel (2015) (…). LA GUERRA DE LAS CORRIENTES fue realizada en 2017 y su coproductor y distribuidor, Harvey Weinstein, la presentó en el festival de Toronto con un montaje del que renegó el director. Un año después, tras el derrumbe de Weinstein y la compra del film por otra distribuidora, Gómez-Rejón pudo rodar de nuevo algunas escenas, eliminar otras, incorporar una música distinta y realizar un montaje más cercano a sus intenciones iniciales. Martin Scorsese y su guionista en El irlandés, Steven Zaillian, figuran como productores ejecutivos (…). Lo que relata tiene ese punto de fascinación que destilan casi todas las historias sobre la invención de la era moderna. Es una historia que, atisbos melodramáticos al margen, fascinaría hoy, tal como está contada, a los futuristas.
Gómez-Rejón ha querido imbuirse de esa modernidad de las vanguardias aplicada al cine del siglo XXI. Ya que está hablando de Edison y Westinghouse, de Tesla y la corriente alterna, de la tecnología revolucionaria (y a veces utópica) del último tramo del siglo XIX, del maravilloso mundo de la invención científica, su película está planteada con encuadres torcidos, grandes angulares, contrapicados, tomas cenitales, decorados seccionados, ralentís enfáticos, pantallas partidas y planos con los personajes colocados en un extremo del encuadre y mucho espacio a sus espaldas. Prácticamente no hay una sola escena planificada de forma “ortodoxa”, y hasta el juego de plano / contraplano resulta terriblemente violentado. No es mala opción, dadas las circunstancias delos personajes y su contexto.
El final deja de lado la guerra de las corrientes para entrar en otra nueva modernidad, la del cinematógrafo. Los experimentos de cronofotografía de Muybridge son un avance y la revolución de la imagen en movimiento está al caer. El film concluye en la Feria Mundial-Exposición Colombina de Chicago, en 1893: es el único momento de LA GUERRA DE LAS CORRIENTES, el momento esperado, en el que Edison y Westinghouse, Benedict Cumberbatch y Michael Shannon, se encuentran cara a cara. La coda pertenece a Tesla, situado frente al ciclorama de la futura planta eléctrica del Niágara (…).
Texto:
Quim Casas, “La guerra de las corrientes: las disputas de la modernidad”,
rev. Dirigido, enero 2020