(…) Newman pertenece al generoso grupo de actores y estrellas estadounidenses que pasan o pasaron, de manera aislada o más recurrente, a la realización. (…) Pero Newman es un caso ciertamente atípico. No había tantos en su época que hubieran emprendido la doble tarea de dirigir e interpretar (triple, pues también sería productor). Este sería uno de sus principales rasgos de estilo, unido a la querencia por argumentos centrados en relaciones familiares asfixiantes, patriarcados y matriarcados en núcleos cerrados y enfrentamientos generacionales (…). Para la derecha estadounidense, era una de las estrellas de izquierdas con ideas más radicales. Tras protagonizar Un hombre de hoy (Stuart Rosenberg, 1970), película bastante comprometida, acorde con cómo era Paul Newman, que ponía en tela de juicio al poder establecido en la sombra -algo que le costó la taquilla a su actor-, decidió acercarse “al otro lado” de la ideología del film de Rosenberg, levantando con ello ampollas en aquellos que solo ven discursos políticos en todos lados. Pero las cosas no son solo blancas o negras, sino que contienen una amplia gama de matices, y mucho más cuando hablamos de las personas.
El clan familiar, integrado por el patriarca Henry Stamper (Henry Fonda), sus hijo mayor (Hank: Newman), su sobrino (Joe Ben: Richard Jaeckel) y las respectivas esposas de estos dos (Viv: Lee Remick, y Jan: Linda Lawson), funciona de manera independiente con relación al resto de leñadores de la zona –que están en huelga contra las empresas madereras-, y quizá sea esa independencia lo que interesara inicialmente a Newman del proyecto aunque los Stamper, que viven todos juntos en la misma casa, representen a una comunidad reaccionaria. La familia Stamper representa a esa clase de personas que se han abierto camino en el mundo, dedicándose única y exclusivamente a “trabajar, comer, beber, follar y dormir”, tal y como se le dice en un momento dado a Viv, que sorprendida ante la ceguera de sus simples miembros pregunta si no hay nada más en la vida, una clase de vida de la que ella siempre se sintió apartada, ya no solo por su forma de pensar, sino por la imposibilidad de tener descendencia, algo fundamental entre mentes conservadoras. CASTA INVENCIBLE es, entonces, un retrato de diversas y contrapuestas masculinidades tóxicas que se agigantan con la llegada de un casi extraño, Lee, el hijo pródigo (Michael Sarrazin).
La seguridad de Newman, tanto detrás como delante de la cámara, es apabullante. En una buena idea en cuanto al empleo del espacio, la casa de Henry y su familia está situada al otro lado del río, y es el curso fluvial, esencial en su trabajo cuando trasladan los troncos, lo que les separa y divide del resto del mundo. También es muy notable la parte documental (la tala de árboles, la conducción de troncos a través del río) y el momento dramático que se inserta en ese documento, una muerte cruda, brillantemente rodada y auténtico punto de inflexión del relato (…).
Texto (extractos):
Quim Casas, “Dirigido por Paul Newman”, Dirigido, septiembre 2025.
Alberto Abuín, “Casta invencible”, espinof.com