La heredera (1949)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

Introducción

Información complementaria al ciclo «Maestros del cine clásico (XI): William Wyler (2ª parte: los años 40)» que el Área de Cine y Audiovisual (Cineclub Universitario / Aula de cine) de La Madraza nos ofrece durante el mes de Febrero de 2020, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario, a las 21:00 horas. Las películas que componen este ciclo se proyectarán en versión original con subtítulos en español. Entrada libre hasta completar aforo. Recordamos que en la sala y durante las proyecciones, NO ESTÁ PERMITIDO comer ni hacer uso de dispositivos móviles. Os agradecemos vuestra colaboración.

La secuencia final: un plano de enjuiciamiento moral

La secuencia final de LA HEREDERA llegó a hacerse famosa entre los aficionados porque una parte de los críticos franceses, y algunos norteamericanos como Andrew Sarris, la utilizaron para seguir arremetiendo contra William Wyler, siguiendo con la veda abierta en los años cuarenta por Roger Leenhardt y André Bazin. En ella, el cazafortunas Morris Townsend (Montgomery Clift), que ha acudido en coche de caballos a la casa de Catherine Sloper (Olivia de Havilland: una neoyorquina de escaso atractivo físico y social que ha vivido durante mucho tiempo dominada por su padre, el autoritario doctor Austin Sloper: Ralph Richardson), con el propósito de marcharse juntos y contraer matrimonio esa misma noche, años después de haberla abandonado porque creía que su progenitor tenía la intención de desheredarla, llama a la puerta una y otra vez mientras Catherine acaba su bordado, echa el cerrojo y sube a retirarse a su dormitorio sin hacer caso a las llamadas del pretendiente. ¿Qué tenía la secuencia para llamar la atención de ese modo? Sencillamente, que Wyler adoptó una planificación que se dio en llamar “psicológica” y quiso enfatizar la venganza de Catherine empequeñeciendo en el encuadre la figura de Morris, quien parece filmado en plano general distante, como si la cámara también quisiera alejarse definitivamente de él y dejarlo a solas con su fracaso: se decía que era un plano de enjuiciamiento moral. Sin embargo, se olvidaba que Morris no es el único personaje que se queda cultivando la soledad: también Catherine, a pesar de la contundencia de su revancha; y la secuencia contiene un plano que lo pone de manifiesto con tanta crudeza o más que en el caso de Morris, aunque de un modo más sutil: Catherine sube por la escalera en un plano construido igual –y con idéntico movimiento de cámara- que otro anterior que la mostraba subiendo hacia el mismo lugar, decepcionada su ilusión, después de haber comprendido que Morris no va a comparecer a buscarla y, por tanto, seguirá llevando la misma existencia gris y solitaria que había llevado hasta entonces. La escalera parece interminable en ambos casos. Esa contundencia fue el broche adecuado para cerrar ese trabajado álbum de estampas costumbristas decimonónicas que es LA HEREDERA -no basado directamente en la conocida novela de Henry James “Washington Square”, sino en la versión teatral que escribieron a partir de ella Ruth y Augustus Goetz, también guionistas de la película- y que basta para desmentir la opinión de que Wyler era un cineasta sin preocupaciones de estilo.

Cierre

LA HEREDERA deviene una elegante, en ocasiones romántica y en otras dolorosa, crónica de costumbres sociales, en una Norteamérica de mitad del siglo XIX, donde rasgos puritanos y oposiciones de clase solo servían para impedir la felicidad de sus habitantes.

Fuente: Cuaderno del ciclo Maestros del cine clásico (XI): William Wyler (2ª parte: los años 40).