Herácles (1962), Últimas Palabras (1968) y Signos de Vida (1968)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

“El cine es mi modo de comunicación con los otros. Siempre me fue difícil expresarme con palabras, Cuando era niño, permanecía siempre callado. Los otros niños se burlaban de mí hasta hacerme llorar. Soy de monólogos, el diálogo me traba. Además del diálogo, con el cine busco siempre, en profundidad, las razones de estas perturbaciones, de estos condicionamientos. Signos de vida, Fata Morgana, Futuro limitado, El país del silencio y la oscuridad son el espejo de esa búsqueda. ¿Por qué esos muros? ¿Por qué esos silencios? Será una utopía, pero con el cine trato de responder justamente a dichos interrogantes sobre el absurdo de todo lo que nos rodea”.

Werner Herzog

Introducción

Con Heracles (1962), Últimas palabras (1968) y Signos de vida (1968) da comienzo el 5 de marzo de 2019 el ciclo “Maestros del cine contemporáneo (IX): Werner Herzog (1ª parte). Ciclo organizado por el Área de Cine y Audiovisual (Cineclub Universitario/Aula de cine) de La Madraza.Centro de Cultura Contemporánea de la Universidad de Granada, con la colaboración de GOETHE-INSTITUT de Madrid. Dicho ciclo se prolongará hasta el viernes 22 de marzo de 2019, con una serie de proyecciones en la Sala Máxima del Espacio V Centenario, todos los martes y viernes, a las 21:00 horas. Las películas seleccionadas se proyectarán en versión original en alemán con subtítulos en español y la entrada a las mismas será libre hasta completar aforo.

Sobre Herácles (1962): Una mirada incisiva al heroísmo y al hedonismo

Herácles fue la primera película de Werner Herzog. Heracles (1962) es un ejercicio de asociación entre imágenes de culturistas, desfiles, vertederos y un accidente en el circuito de Le Mans en el que fallecieron cerca de ochenta personas: Cuerpos contra cuerpos, una mirada incisiva al heroísmo y el hedonismo.

Sobre Últimas Palabras (1968): Un surrealista juego sobre la repetición de las palabras

Últimas Palabras (1968) es un cortometraje documental sobre un anciano de Creta que se transmuta en un surrealista juego sobre la repetición de las palabras.

Signos de Vida (1968): Los cimientos de Werner Herzog en el cine

Las tres películas con que Herzog debutó en el campo del largometraje: Dos cintas de ficción (Signos de vida y También los enanos comenzaron pequeños) y un documental (Fata Morgana), constituyen la base, tanto temática como formal, sobre la que cimentará su obra posterior. En ellas se pone de manifiesto su atracción por los personajes marginados, ajenos a las normas de conducta habituales, así como su peculiar visión, entre fascinada y rebelde, por las tierras y los paisajes no contaminados todavía por la denominada civilización occidental.

Voluntariamente alejado de modas o tendencias, Herzog es un buen ejemplo de artista solitario, visionario y en cierta manera “romántico”, tanto por su fascinación por la naturaleza salvaje como por su rechazo a las normas y limitaciones de la industria. Es sabido que el cine de Herzog constituye un permanente elogio de la diferencia, normalmente identificada con la locura. Una aproximación, emocional y solidaria, a aquellos seres que por sus condiciones físicas o sus creencias personales no responden a los pautas establecidas por los restantes miembros del grupo en el que viven. También está claro que para el autor de Aguirre, la cólera de Dios los limites entre el documental y la ficción resultan muy difusos y que con frecuencia se confunden. Existen numerosas trazas de documental en Signos de vida, de la misma forma que en Fata Morgana los paisajes retratados se ven “contaminados” por textos literarios que nada tiene que ver con el reportaje tradicional, ni siquiera con las imágenes que estamos viendo. Herzog se desmarca de sus compañeros de generación (Schlöndorff, Kluge, Fassbinder, Wenders, Hauff, Von Trotta) centrándose en los seres marginales y en las situaciones extremas, y mostrando una peculiar fascinación por lo extraño, lo deforme e incluso por la fealdad. Personajes como Aguirre, Kaspar Hauser y Bruno Stroszek son buen ejemplo de su predilección por las conductas instintivas o no sujetas a ningún código de conducta, hasta el punto de transformar su locura en una forma de expresión de lo sublime.

Ubicada en la II Guerra Mundial

La acción de Signos de vida se sitúa durante la Segunda Guerra Mundial. Stroszek, un paracaidista alemán convaleciente de una herida, es enviado a la isla griega de Kos, en el Peloponeso, ocupada por el ejército. En el mismo destacamento están destinados dos soldados más y con ellos la esposa del protagonista. La existencia rutinaria, el calor y la repetición monótona de unas mismas acciones provocan la angustia y consiguiente desesperación de Stroszek hasta conducirle a la pérdida de la razón. El esquema argumental del film, con guión del propio Herzog, se basa en una novela de Achim von Arnim, publicada en 1918, por lo que la trama fue traslada de la primera a la segunda conflagración mundial. Herzog describe un proceso de enajenación mental que posteriormente será habitual en su cine. De hecho, el mismo director ya había realizado en 1966 el cortometraje La defensa sin precedentes de la fortaleza Deutschkreutz, que es un precedente de Signos de vida. La historia de unos soldados encerrados en una fortificación esperando la llegada de un enemigo que no llega nunca, y que finalmente salen y toman por el asalto un campo de trigo. Una de las características más notables de la película es su mezcla de ficción con imágenes documentales. La isla de Kos aparece como un lugar seco, yermo y pedregoso en el que no parecen existir signos de vida, más allá de unos moradores distantes que hablan un idioma incomprensible y de los abundantes gatos callejeros. A pesar de ello, se cruzan en el camino de Stroszek numerosos personajes pintorescos y/o decididamente desquiciados. Entre otros: Un supuesto rey de los gitanos en busca de sus súbditos perdidos, y que mientras tanto se gana la vida tocando un organillo de pueblo en pueblo; un soldado libre de servicio que interpreta piezas de Chopin en el patio de una casa; un turco que traduce los textos escritos en las lápidas de unas ruinas abandonadas; y un desconocido que baila ante un grupo de niños. A esta peculiar galería se suma algunas peculiaridades de sus compañeros, como la de inventar una trampa para cazar cucarachas o hipnotizar a las gallinas trazando una raya de tiza en el suelo.

La visión de centenares de molinos de viento (un plano rodado en Creta) provoca el definitivo desequilibrio mental de Stroszek, que a partir de entonces se separa del grupo encerrándose en los muros de la fortaleza, al tiempo que declara la guerra al sol, y por extensión a los habitantes del lugar. Contra el primero lanza inútiles fuegos de artificio, mientras amenaza a los segundos, y a sus propios compañeros, con hacer estallar el polvorín. La situación acaba con su arresto y traslado a un lugar seguro (¿una cárcel, un manicomio?). En las últimas imágenes, la camioneta que lo transporta levanta una nube de polvo que va difuminado el paisaje hasta convertirlo en una confusa neblina, similar a la que empaña su razón.

Cierre

No es difícil advertir en Signos de vida todos los elementos que configurarán el peculiar universo del director: Un personaje enajenado, una comunidad indiferente a su dolor y una revuelta tan instintiva como infructuosa contra la sociedad que le rodea. Algo perfectamente expresado en el comentario en off que cierra la película: “Con su protesta contra todo comenzó algo titánico porque su enemigo era mucho más fuerte. Y su fracaso había sido tan desgraciado y miserable como todo lo que había emprendido”.