El gran éxtasis del escultor Steiner (1974), Cuánta madera podría roer una marmota (1976) y La soufrière (1977)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

Introducción

Información complementaria al ciclo «Maestros del cine contemporáneo (IX): Werner Herzog (2ª parte)» que el Área de Cine y Audiovisual (Cineclub Universitario / Aula de cine) de La Madraza, en colaboración con el Goethe Institut, nos ofrece durante el mes de Enero de 2020, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario, a las 21:00 horas. Las películas que componen este ciclo se proyectarán en versión original con subtítulos en español. Entrada libre hasta completar aforo. Recordamos que en la sala y durante las proyecciones, NO ESTÁ PERMITIDO comer ni hacer uso de dispositivos móviles. Os agradecemos vuestra colaboración.

Los films de no-ficción de Werner Herzog

Los films de no-ficción de Werner Herzog son propuestas arriesgadas y atractivas, tanto en forma como en contenido. En ellas desarrolla grandes temas universales, como pueden ser el origen o el fin del mundo, el éxtasis, el fanatismo, la locura, las peregrinaciones, la percepción o el lenguaje. Y lo hace siempre de forma irónica, utilizando imágenes de una belleza sublime. Sus films son en su mayoría relatos épicos, protagonizados por conquistadores, por sobrevivientes, por incapacitados, o por seres igual de alucinados y locos, que los personajes de sus ficciones. Sus historias, casi siempre sencillas, suceden en los lugares menos explorados del globo: la selva, la montaña, el fondo del mar o el desierto; otorgándole a la naturaleza y al viaje un gran peso en toda su obra. Sus imágenes, aunque extraídas de la realidad, están cargadas de un componente mucho más expresivo y poético. Todos estos elementos construyen un universo multiforme y único, que se ha ido enriqueciendo con el paso del tiempo, lo que lo convierte en un atractivo objeto de estudio al mismo nivel o por encima de su cine de ficción. Ya desde sus primeros cortos documentales el cine documental de Werner Herzog utiliza los acontecimientos como pretexto para generar una reflexión más universal y compleja, la situación filmada pasa a segundo plano dejando que sea el tema universal el que aglutine y dé forma a todo el film.

El gran éxtasis del escultor Steiner (1974)

En el rodaje de El país del silencio y la oscuridad (Land des schweigens un der dunkel- heit, 1971), Werner Herzog pidió a Fini Straubinger, la mujer ciega y sorda que protagonizaba su documental, que evocase el falso recuerdo de un saltador de esquí como una de las imágenes que quedaron grabadas en su mente antes de perder la vista. Al crear esta memoria inexistente, el director estaba proyectando en su protagonista su idea de una visión sublime, concretada en un deporte que el propio Herzog hubiera deseado practicar en su juventud. Siguiendo la peculiar lógica que hace rimar las distintas piezas de su filmografía, el cineasta terminaría filmando a un saltador de esquí en EL GRAN ÉXTASIS DEL ESCULTOR STEINER; mediometraje que descubre al espectador la figura de Walter Steiner, un tallador de madera suizo. Tal oficio, sin embargo, solo ocupa una breve secuencia al principio de la película, pues su auténtico objetivo es seguir al escultor en su trayectoria como campeón de salto de esquí. A ojos de Herzog, Steiner es un atleta perfecto; alguien que pone en jaque al resto de sus compañeros, y a las propias instituciones deportivas. Steiner es, literalmente, demasiado bueno, lo que lo convierte en marginado en su propio colectivo (él cree firmemente que los demás solo esperan su caída, su fracaso), y también pone en peligro su integridad física, ya que en no pocas ocasiones fulmina las marcas previstas por las competiciones en las que participa, aterrizando a unas distancias que nadie creía poder alcanzar. En el film, los prodigiosos saltos de Steiner aparecen ralentizados, pues lo que interesa no es la velocidad vertiginosa, sino el gesto del escultor al despegarse del suelo: el cuerpo estirándose, la boca abriéndose en expresión alucinada. El hombre surcando los cielos, éxtasis puro que solo puede captarse a cámara lenta, aislado de lo real mediante la música flotante de Popol Vuh.

Cuánta madera podría roer una marmota (1976)

CUÁNTA MADERA PODRÍA ROER UNA MARMOTA es otro ejemplo de cómo Herzog trabaja los temas universales. Herzog se introduce en el condado de Lancaster, Pennsylvania, en donde se celebra un extraño concurso anual alrededor de las subastas ganaderas. Se trata de una suerte de ritual verborreico en el que los subastadores compiten por quién es el que alcanza la mayor velocidad verbal al momento de ofrecer las reses. Esta gimnasia de la lengua es presentada como un arte producto del capitalismo donde lo cuantitativo se convierte en el criterio fundamental para el éxito de las ventas. Ante la mirada desconfiada de sus vecinos amish, vemos la competición, el largo desfilar de unos y otros concursantes, la curiosidad de la primera mujer en competición o cómo los pujadores, con apenas un discreto gesto, hacen su oferta. Pero en esta película la reflexión sobre el lenguaje rebasa el acontecimiento que se filma, la competición pasa a segundo plano, sólo es el pretexto para mostrar el tema central de la película: cómo nos comunicamos. Al comienzo del filme Herzog muestra al ganador de la subasta, para que no haya duda de qué lo que interesa en la película no es el concurso, sino esta singular forma de comunicación.

El film es en sí mismo una propuesta para pensar el lenguaje, además del de los subastadores de ganado -que hablan a una velocidad impresionante-, o el del modelo capitalista -como sugiere Herzog-, también nos propone pensar qué sucede con el lenguaje del cine documental. Un lenguaje que con los años también ha adquirido este tono de “ritual”, de discurso formal, asociado con una verdad incuestionable, el mismo que el cine de Herzog transforma, a través del tono irónico y poético de sus imágenes, creando una forma más original y personal de aproximarse a lo real y de cuestionar sus usos.

La soufrière – Esperando una catástrofe inevitable (1977)

LA SOUFRIÈRE, un “documental” de treinta minutos acerca de lo que ocurrió en Guadalupe en 1976 durante una erupción volcánica prevista internacionalmente (que llevó a una repentina evacuación en masa de su población) es otra de las obras maestras de Werner Herzog. Tras leer en un periódico que uno de los habitantes había rechazado marcharse, enfrentándose a una muerte segura, Herzog reunió a un equipo de rodaje internacional en un día y se lo llevó a la isla después de que la población hubiera sido evacuada. Este esfuerzo más allá de los límites permisibles, esta búsqueda de una verdad mayor (rastreada aquí en la figura del hombre que quedó atrás), se expresa cada vez más abiertamente en los trabajos de Herzog. Encuentra y nos muestra una ciudad completamente abandonada; jaurías de perros salvajes han tomado las calles vacías… son los nuevos amos. No queda nadie, pero los semáforos siguen funcionando; la luz roja nunca ha parecido más siniestra. Se encuentra al hombre que ha quedado atrás; un negro pobre que habla y canta; nos dice con una complicada sonrisa que la muerte y la vida son eternas; y él no tiene miedo. El volcán expulsa humo pero no erupciona; hordas de serpientes muertas yacen ahogadas y enredadas en las aguas del puerto; y Herzog se expone nuevamente a los brutales extremos y misterios de la condición humana. La narración tensa y “objetiva” de Herzog – en realidad llena de bellos giros inesperados y frases siniestras- termina con una inolvidable frase, característica de la diabólica y surrealista simplicidad de la que hace gala el director alemán: “Este es, entonces, un reportaje sobre una catástrofe ineludible que no tuvo lugar”. Y cabría añadir que es también un no-tan-irónico comentario sobre el papel de la ciencia y la civilización: un grupo de científicos internacionales había confirmado la inminencia del suceso, y entonces marcharon sin demora; nunca antes los signos meteorológicos habían previsto tan uniformemente una enorme explosión que terminaría no aconteciendo. Para los nuevos rebeldes y anarquistas de nuestro tiempo, esta clase de metafísica (expuesta con alegría y sin clemencia) podría ser justo lo que se necesita para contrarrestar la un tanto dañada pero todavía triunfante ideología de la tecnología y el racionalismo. Revelar un elemento metafísico en la vida o en el arte sin convertirse en un reaccionario es uno de los desafíos del presente: y Herzog, compulsivamente, y a la menor oportunidad, hecha sal sobre esta herida supurante. No hay entrevistas con los evacuados; a Herzog sólo le interesan aquellos “que se quedan”Examina a la persona considerada loca por ser rebelde y excéntrica, aquella que osa ir más allá de lo que cualquier humano debería, y que está por tanto más cerca de las posibles fuentes de verdad suprema, aunque no es necesariamente capaz de llegar a ellas.

Fuente: Cuaderno del ciclo «Maestros del cine contemporáneo (IX): Werner Herzog (2ª parte)«.