Contra el imperio de la droga (1971)

Área de Cine y Audiovisual / Aula de Cine/Cineclub

Película enmarcada en el ciclo LAS DÉCADAS DEL CINE (I): LOS AÑOS 70 EN EL CINE ESTADOUNIDENSE (1ª parte) organizado por el CineClub Universitario / Aula de Cine de La Madraza.Centro de Cultura Contemporánea de la Universidad de Granada.

 “Quien con monstruos lucha cuide de convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”.

Friedrich Nietzsche

   «[…] William Friedkin (Chicago, 1935), utiliza el cine para profundizar en su retrato, siniestramente dual, del ser humano. Uno de los grandes problemas de nuestra sociedad es la incapacidad de asimilar que cada uno de nosotros somos víctimas (y producto) de nuestras contradicciones: la cobardía y el coraje, la locura y la sensatez, la verdad y la mentira, la pasión y la apatía, lo masculino y lo femenino, el odio y el amor… El temperamento vehemente, en ocasiones extremo, de Friedkin, encuentra aquí los elementos de los que se va a servir para la creación de un universo fílmico […] en el cual situar los conflictos morales que moldean su peculiar filosofía de la vida. No obstante, Friedkin detesta las “tesis” en primera persona y entreteje concienzudamente sus ideas e inquietudes en sus films, invitando de paso al público, según declaró en una ocasión, “a sacar sus propias conclusiones, sean cuales sean estas”.

Antonio José Navarro

   «[…] cintas como CONTRA EL IMPERIO DE LA DROGA […] se erigen en manifestaciones, traducidas en espectáculo, de esas realidades paralelas que coexisten en cada uno de nosotros, individuo y ser social, y en el que la noción de crimen cuestiona la coexistencia pacífica. También sus claras connotaciones behavioristas -interpretando las conductas espontáneas o reflexivas como comportamientos explicados en términos de estímulo-respuesta-, sus diálogos secos y ácidos, el tratamiento realista de los espacios (exteriores e interiores), del sonido, suponen una aproximación sui géneris al cine negro clásico para deconstruir sus mecanismos y ofrecer, por un lado, una interpretación mucho más crispada de los mismos, y por otro, una idea fílmica de la realidad criminal, de la “monstruosidad” que crea la Sociedad, el Orden, una realidad criminal más contundente y manierista formalmente, visceral.

Antonio José Navarro

  Un film profundamente exasperante

   Con el fin  de capturar al capo marsellés que dirige el tráfico de heroína el inspector “PopeyeDoyle (Gene Hackman) deberá “meterse en su piel”, en un proceso que, irremediablemente, le  irá empujando a tomar decisiones drásticas durante su investigación, decisiones “al límite”, que le van apartando  de su ética profesional, de su identidad personal, hasta convertirlo en “el Otro”.  De ahí que Antonio José Navarro afirme que, con este thriller, William Friedkin escenifica la lucha de sus héroes contra su lado oscuro, un lado oscuro que acaba por engullirlos y transformarlos. Por ejemplo, “PopeyeDoyle es capaz de matar por la espalda a un hampón desarmado, o de lastimar a un sospechoso durante un interrogatorio, lo cual se debe, irónicamente, a su feroz sentido de la profesionalidad, que es equiparable al de los traficantes de droga y sus sicarios, preparados para asesinar con absoluta frialdad a quienes obstaculizan sus planes, para conspirar y aterrorizar sin cargos de conciencia. La línea que separa a unos y otros es tan tenue que la aplicación de la ley, la lucha entre el Bien y el Mal, se diluye para dar paso a un conflicto personal entre profesionales donde todo vale para “ganar”.

   El pathos que vertebra thrillers de Friedkin como el que nos ocupa hace énfasis así en el carácter falible de sus héroes, implicados en situaciones vinculadas al crimen, a la violencia, a lo monstruoso, a acontecimientos retorcidos y malsanos que acaban controlándolos y cambiándolos. Esta metamorfosis da un tono incierto y, al mismo tiempo, fascinante, al relato, privando de humanidad a esos protagonistas que obedecen a sus instintos primarios. El cineasta dinamita así la mítica tan hollywoodiense, tan norteamericana, del Héroe, los representantes de la ley en este caso, en su pugna contra lo Monstruoso encarnado por los ambientes más degradados y amenazadores de la Ciudad, incluyendo a sus más inquietantes y letales moradores. La Ciudad alardea de una notable cualidad ambigua, y la visión de sus criaturas -mafiosos, ladrones, camellos, chaperos, policías corruptos…- nos recuerda que la vida es menos segura de lo que creemos.

   De ahí que pueda describirse CONTRA EL IMPERIO DE LA DROGA como un film profundamente exasperante, a ratos aterrador, alrededor del mundo violento y degradado, tanto moral como físicamente, del policía, sin las sofisticaciones propias de un agente secreto ni edulcorantes míticos extraídos del western.

   Como muestra de ese “mundo completamente derrotado” está uno de los considerados momentos cumbres de CONTRA EL IMPERIO DE LA DROGA. A saber, la secuencia final -la redada en un ruinoso almacén del bajo Manhattan-, con toda su carga de violencia, de confusión, de excitación, “Popeye Doyle se deja arrastrar por sus instintos salvajes, lo cual es representado por la imagen abisal de esa nave industrial mugrienta y desvencijada, medio oculta por esas sombras que devoran, literalmente, al policía, clausurada con un fundido en negro -y con ello, el relato-, mientras oímos el sonido de varios disparos. Lo que sólo nos despierta interrogantes: ¿Ha detenido Doyle al mafioso Charnier, “ejecutándolo” en el acto? ¿O está disparando contra todo aquello que se mueve, trastornado, sin importarle nada ni nadie? Con independencia de las respuestas, William Friedkin deja claro como el ejercicio rabioso de la justicia -nada que ver con la aplicación de la ley- deriva en una conducta criminal.

   Fuente: Cuaderno del ciclo proyectado en MARZO 2015.