IPCRESS (1965)

Área de Cine y Audiovisual / Cine Club

Presentación

El martes, 22 de mayo de 2018, a las 21:00 horas, en la Sala Máxima del Espacio V Centenario, el Cineclub Universitario / Aula de Cine proyecta Ipcress (1965). Película del ciclo Un rostro en la pantalla (V): Michael Caine (1ª parte: los años 60), en versión original con subtítulos en español. Entrada libre hasta completar aforo.

Un héroe atípico

El innominado espía de “IPCRESS”, narrando sus aventuras jamás escribió su nombre, pero en una ocasión manifestó abiertamente que no se llamaba Harry. Y Harry precisamente es el nombre que le atribuyeron los cineastas. Harry Palmer, para ser exactos, el espía interpretado por Michael Caine en Ipcress (The IPCRESS File, 1965), Funeral en Berlín (Funeral in Berlin, 1966) y Un cerebro de un billón de dólares (Billion Dollars Brain, 1967) que permaneció ya inmutable con tres directores distintos: Sidney J. Purie, Guy Hamilton y Ken Russell.

Un héroe atípico que se perfila al compás de las circunstancias que le rodean y de las necesidades para compenetrarse con ellas. Un héroe cambiante que debe pensarse es siempre el mismo aunque no existan demasiados indicios que lo demuestren. Sólo la repetida y solapada alusión a sus gafas de concha hace pensar que en las distintas novelas de Deighton el innominado narrador es el mismo. En “IPCRESS, peligro de muerte”, cuando contempla una fotografía suya, se autodescribe diciendo que es “un tipo moreno con cara redonda, con los ojos profundamente hundidos, los pómulos hinchados, gafas de concha y mentón saliente marcado con un hoyuelo”, que mide 1,78, es corpulento y tiene tendencia a engordar, cabello castaño oscuro y ojos azules. Resulta de ello que físicamente no era demasiado parecido a Michael Caine, que fue quien repetidamente le prestó su imagen.

Lo importante, sin embargo, no era tanto su aspecto como lo que realmente narraba. Su estilo -el de su creador Len Deighton– era vivo y chispeante y en los diálogos mezclaba continuamente lo importante con lo intrascendente. En los diálogos que él mismo interpretaba, Harry tenía una conversación ocurrente y algo cínica, incluso un poco descarada y díscola. Lo que le ocurría es que tampoco él creía en el espionaje como un juego de claves y contraseñas y no podía resistir la tentación de ironizar cada vez que había de utilizarlas por orden de un superior, pues le suponía un auténtico esfuerzo recordarlas. Pero su interior era sin duda distinto. Aparecía siempre con un aire ingenuo, de víctima, porque pensaba que “parecer tonto es la mejor manera de ser espía”, aunque en el fondo, a pesar de sus esfuerzos, se sabía engañado y manipulado por sus superiores, por su propio servicio secreto. En cada una de sus aventuras, Harry partía con la idea de cumplir una misión completamente distinta de la que realmente habían planeado sus superiores. Era un simple instrumento en manos de éstos, que lo utilizaban y lo manipulaban para el cumplimiento de sus secretos designios, muchas veces inconfesables. Pero Harry era consciente de que estaba siendo utilizado, y poco a poco iba descubriendo la verdad sin que lo dejara entrever más que por la evolución de sus reacciones. Quizá por eso, por esa especie de engaño consentido, se permitía ciertas insolencias con sus jefes.

Y quizá por la misma razón, Harry, encerrado en su intimidad, era un hombre profundamente desengañado que se reía de los policías de la Rama Especial de Scotland Yard, que no creía en el patriotismo, que se burlaba del honor y de la lealtad a la causa, que sólo creía en los resultados y a quien preocupaba su nota de gastos y le indignaba que no le pagaran el sueldo puntualmente. Era un hombre solitario que no se fiaba de los servicios secretos, que dudaba de la eficacia de éstos porque se desenvolvía entre un maremágnum de inútiles expedientes, de archivos y de oficinas en las que reinaba la veterana secretaria Alice, ocupada casi todo el tiempo en preparar tazas de café soluble, y sobre todo que desconfiaba de la burocracia y de la política porque sabía que él era sólo una pieza del juego, caprichosamente utilizada por quienes la manejaban. Fue como un símbolo del individuo oprimido y sacrificado por la organización colectiva, firmemente convencido de la necesidad de su misión y a la vez dispuesto a toda costa a salvar su individualidad.

Seguramente por esta disconformidad, Harry después de cuatro años, abandonó un buen día el servicio.

Cierre

Narración indolente, casi distraída, que confiere una agradable ironía al relato, la cual suscita una implicación emocional gélida, sin excitantes, que invita a reflexionar -en medio de una casi total ausencia de artificios, de profundidad física-, sobre las ideas y técnicas que vertebran el género.

Fuente: Cuaderno del Cineclub Universitario / Aula de Cine.

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